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RAFAEL MONJE Se valora más el tener que el ser y, lamentablemente, es lo que, en términos generales, inculcamos a quienes conforman las nuevas generaciones, las que supuestamente son las mejor preparadas de la historia en todos los campos del saber. Algo mal debemos estar haciendo cuando funcionamos como colectividad mercantil y consumista, en la que el dinero es el primer y único símbolo del éxito. El dinero es poder y manda. Nos atenaza tanto que no somos conscientes de su cruel dominio y sometimiento. El dinero está detrás de casi todas las batallas más encarnizadas del Planeta, es la principal causa del descrédito de los partidos políticos (ver los crecientes casos de corrupción) y es la vara que mide el fracaso, la hipocresía y la envidia. Como dice un buen amigo, los ricos son felices porque la gente les envidia, no porque necesiten un Mercedes. Y añade, no sin razón, que necesitamos una verdadera revolución cultural, desde la propia concepción educativa de los hijos a la forma de gobernar por la que ahora se rigen la inmensa mayoría de los gobiernos. Estamos pues ante un reto esencial, que no es otro que tratar de cambiar desde la educación esa escala de valores sustentada en el ansia por lo material. La motivación, la ilusión, la enseñanza del valor por el trabajo y el esfuerzo son los caminos adecuados, no los atajos que de una manera quimérica nos impone la sociedad de consumo. Hay que pensar con la realidad de la vida, no con la fantasía de la vida, porque si no llegaremos por el camino más corto a la infelicidad, ese estado anímico en el que creemos que sólo el dinero es la solución a todos nuestros males. Por tanto, alterar desde abajo esa escala es el desafío que nos toca para que nuestros hijos crezcan no sólo en bienestar, sino en fortaleza y equilibrio interior.
Hay mucho por hacer y, sin duda, la escuela, la universidad y los medios de comunicación son parte fundamental para iniciar esa revolución cultual, en la que los propios padres debemos ser actores ineludibles. ¿Quién habla por ejemplo del trabajo de un científico? En la televisión o en los periódicos se habla y mucho del tobillo de Cristiano Ronaldo, de la lesión muscular de Messi o de lo que ganan al año uno y otro. No interesa el mérito cosechado por esa joven de Valladolid en un prestigioso centro de investigación oncológico de Nueva York en la lucha contra el melanoma, y mucho menos el esfuerzo de ese otro catedrático de Matemáticas de León que ha llegado a lo más alto a pesar de que su padre, un peón de albañil, no llegaba a fin de mes. Aquí parece que sólo «vende» el éxito fulminante, el dinero fácil y la vida glamurosa de cuatro personajes del tres al cuarto. Mientras, decenas de investigadores, a quienes todos les debemos de un modo u otro la curación de enfermedades y los más avanzados tratamientos paliativos, estén en precario en su trabajo y pendientes de la subvención anual de turno. Nos llenamos la boca hablando de incrementar el gasto en I+D+i, porque luce y al parecer está de moda, pero la realidad es que los presupuestos estatales bajan y las universidades de Castilla y León pierden peso en el total de la inversión ejecutada por el sector en la Comunidad. No nos engañemos, hace falta una revolución cultural, un cambio de valores y que de una vez por todas la llamada sociedad moderna sea sinónimo de esfuerzo, compromiso y trabajo. Ése es el auténtico éxito y no otro; ésa es la felicidad y no otra.
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