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HEMEROTECA » |
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JUAN JESÚS RODERO A cualquiera que salga a la calle el primer día de las rebajas de enero o vea a través de la televisión las imágenes de las grandes aglomeraciones que registran en esa fecha los centros comerciales de las más importantes ciudades, no deja de venírsele a la mente que la situación no concuerda mucho con la crisis. O sí, precisamente por ese mismo motivo. Lo cierto es que en buenos o malos tiempos, por uno u otro motivo, por la bonanza económica o por la austeridad obligada, la gente espera con ansia las épocas tradicionales para poder comprar más barato. Y lo mismo ocurre, lógicamente, con los comerciantes que suelen esperar con ganas la oportunidad de mejorar o de salvar el negocio.
Incluso en una ciudad pequeña como Zamora tienen las rebajas un impacto grande, en especial en los primeros días aunque la época de los descuentos se alargue durante un mes o dos. Se llenan los establecimientos y se forman largas colas ante las cajas. Hasta media hora o más se tardaba el siete de enero en algunos comercios zamoranos para poder pagar. Luego, y a medida que las auténticas gangas van desapareciendo y bolsillos y tarjetas van agotando su crédito, la fiebre desciende, pues el cliente aprende y sabe distinguir los artículos con precios rebajados de los artículos de saldo dispuestos para este fin. De uno u otro modo, se calcula que cada comprador puede dejar una media de noventa euros, que pese a la crisis imperante y que cada vez afecta más y a más personas y familias, viene a ser sobre poco más o menos lo mismo que se ha gastado en años anteriores. Sólo que se gasta con menos alegría.
Los empresarios, en cualquier caso, tampoco afrontan con demasiado optimismo la temporada de grandes descuentos, pese a los consabidos buenos inicios. Estiman que, aunque se va a vender igual, como los precios serán más rebajados, para poder aliviar stocks y hacer efectivo, al final el volumen de negocio será para ellos más bajo, un cinco por ciento menos. Y dan a conocer unos datos abrumadores y que dan que pensar, pues en 2009 el comercio español perdió unos cuarenta mil establecimientos, que ya es perder, lo que acarreó además la destrucción de noventa mil empleos, en un sector que proporciona trabajo a tres millones de personas. En Zamora, basta darse una vuelta por algunas calles del centro antiguo para ver establecimientos cerrados y cómo otros cambian de dueño y de negocio con dolorosa frecuencia, demostración de que las cosas no van bien.
Menos mal que los mismos comerciantes, y pese a esos negativos datos, vislumbran alguna señal esperanzadora como el hecho de que bancos y cajas parece que hayan abierto más el grifo de los créditos, lo que lleva a pensar en la posibilidad de que a mediados de año comience a sentirse esa cierta recuperación económica general tan aireada por el Gobierno, y tan poco creída, y ello sirva al menos para evitar el aumento del paro. Confían también en este tiempo de rebajas que en todo caso, incluso con la crisis, demuestra tener también algo de hecho lúdico, vital, de supervivencia, y vivido con tanta intensidad que ni las heladas temperaturas invernales son capaces de hacer disminuir.
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