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MARISOL LÓPEZ Pocas veces el nombre de Zamora ha sonado tanto en una gran pantalla de cine como en «Celda 211», indiscutiblemente la mejor película española de los últimos tiempos, acaben diciendo lo que acaben diciendo los «Goya». Que los académicos españoles la hayan distinguido con 16 candidaturas alivia la sensación de miopía o de rendición sin condiciones a directores de moda que tan a menudo parecían pesar más que el propio cine en la entrega de los premios. La película de Monzón figura por derecho propio entre lo más selecto de las pantallas de los últimos años y su mérito es doble por haber demostrado que puede hacerse cine español, de acción y taquillero sin renunciar por ello a escribir una de las más bellas páginas del séptimo arte patrio con la inestimable ayuda de Luis Tosar.
Este gallego de pobladas cejas, mirada profunda y aspecto de bruto tenía clara la ubicación zamorana de la historia de Malamadre. Zamora, uno de «esos lugares donde nunca pasa nada, pero terminan pasando muchas cosas». Durante los meses en que el actor residió en el Hotel «II Infantas» junto a sus compañeros de rodaje como Bardem y Resines, pocas veces se le vio deambular por la ciudad. Afirma el actor que encarnar a ese personaje extremo, un macarra sin escrúpulos capaz de suscitar la compasión entre los espectadores, fue «una diversión continua». Una diversión introspectiva, en todo caso, porque el ejercicio diario de convertirse en un individuo al límite y aparentemente despreciable debe resultar un proceso muy similar a la transformación de Jeckyll en Hyde sin bebedizo por medio. Tosar encontró el elixir en entrevistas con asesinos de idéntica fachada que Malamadre, acomodó su voz ronca en un tono cavernoso que te taladra igual que el resto de su interpretación. Desde que asoma a la pantalla estás dispuesto a creer todo lo que diga o haga el siniestro presidiario. La diversión de Tosar en componer a Malamadre tuvo como resultado final el perfecto camuflaje del intérprete dentro del personaje.
«Celda 211» es un relato épico de eternos perdedores. Y quizá en esto último radique también parte de su éxito, por lo fácilmente que el público se identifica siempre con el más débil. Porque el abismo aparente que existe entre los que nos sentamos cómodamente en las butacas y los que habitan en la jungla carcelaria puede estrecharse radicalmente a una mínima jugada del destino. La historia de Juan, el funcionario de prisiones encarnado por Alberto Ammann, demuestra la cercanía real del que llamamos «otro lado». Y señala, además, que nunca los malos resultan tan malos ni los buenos tan recomendables como única compañía. Uno de los asesinos con los que se entrevistó Tosar para componer su personaje resumió así la vida en la prisión: «Aquí dentro, la psicosis es el estado natural de las cosas». Echen un vistazo y verán cómo, a veces, esa realidad se parece aterradoramente a lo que vivimos aquí, afuera.
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