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HEMEROTECA » |
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RUFO GAMAZO RICO He arrancado la primera hoja del calendario: quedan 364 que hoy pueden parecernos muchas, un montón, pero pronto veremos que se acaban. Me vienen a la memoria aquellos librillos de papel de fumar -Abadie, Zig zag- que cuando se acercaba su agotamiento, tenían la atención de recordárselo en rojo al consumidor: «Aviso, quedan cinco hojas». Y el avisado acudía al estanco cercano para reponer existencias. La enconada persecución que en aras de la salud, sufre hoy el fumador me trae a la memoria la figura del liador de picadura en fino papel; el famoso tabaco cuarterón cuyo humo espeso y ácido raspaba la garganta y al decir de Miguel Gila, producía doloroso gustirrinín. Liar cigarrillos exigía destreza y paciencia. Pedro de Lorenzo fino y prolífico narrador, aconsejaba escribir con la clásica plumilla metálica y consumir cigarrillos liados en el momento, por el propio fumador: argumentaba que mientras la pluma va del tintero al papel y viceversa, el escritor dispone de unos segundos valiosos para recapacitar; y cuando se entretiene liando el cigarrillo, el fumador disfruta imaginándose las delicias del humo, el placer sensual que ponderaba el cuplé. Por exigencias del folclore lo cantaba Sarita Montiel, recostada en la «chaise longue», y por motivos de salud e higiene, lo condena su alto ministerio Trinidad Jiménez: diríase que el humo las une y las hace famosas.
Humo son los días del hombre sobre la Tierra. En humo se convierte el papel del cigarrillo y a modo de humo el año va desapareciendo inexorablemente del calendario; porque el taco del día a día no dispone como los librillos del fumador, de repuesto para las hojas cortadas. En la tarde de Año Nuevo, el redactor jefe Tim que me leerá en su refugio malacitano, solía entrar en el periódico con este saludo: «Señores, el año está vencido»; la broma entrañaba una gran verdad pues año encetado es año que camina a su fin. La vida según me adoctrinaba en el café el señor Damián, es tal que un melón (valga la comparanza) que lo encetas y ya no paras hasta acabarlo. El señor Damián podía presumir de doctorado en la ciencia de la vida; sumando los kilómetros recorridos en mula, calculaba que había dado tres vueltas alrededor de España. Mucho aprendió de sus viajes; gustaba de explicarlo. Con llamativas comparaciones, melón encetado, melón comido; duro cambiado, duro gastado: el peligro, concluía, está en el empiece.
Poco tenían que contar los periódicos locales de la noche caballera sobre el viejo y el nuevo año: una breve información del tradicional baile en el Casino que «había congredo, en opinión del novelista Alonso Vega, a lo más granado de la buena sociedad». Recuerdo que en la Nochevieja de 1949, el cine Barrueco retiró las butacas y dio baile. Estaban de moda «La raspa» y «El tiroliro», piezas de mucho relajo para la gente timorata y pia. No podría decir si fue ese mismo año cuando el M. Iltre. magistral Romero publicó en «El Correo» una retórica fabulación sobre una linda e inocente jovencita que se vestía para el baile. ¡Cuánto sabe del corazón el magistral!, comentó Gila después de leernos en alta voz el artículo. Y ¡cuán bellamente lo dice!, remató uno de los oyentes. Con poca cosa se declaraba vencido el año. La verdad que no estaba el patio para memorables dispendios, baste con decir que el famoso Fran Pri Bo, noble y buen amigo un «yinfis» por un baile.
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