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PILAR REDONDO Y CRISTINA LÁZARO
Pasado un tiempo parece que el agua vuelve a su cauce, que los remansos bajan tranquilos, que la rutina del día a día vuelve a Sayago...
Ahora nuestro querido párroco don José, está con Aquel del que tanto nos habló, el Señor lo mandó llamar allí arriba a rendir cuentas, pero fue con los deberes hechos, diciéndole al Padre: «Ya realicé la jera que me encomendaste». Nosotros desde aquí abajo solo podemos pedir que nos cuide de la misma forma que lo hizo aquí.
Es por todos nosotros bien conocido el refrán castellano, «obras son amores y no buenas razones» y él, bien se amarró a este hecho, porque nunca fue un cura de predicar con palabras desde el púlpito, sino a pie de calle, con sus obras, con sus acciones, con sus vecinos, pues siempre predicó con el ejemplo. Su pérdida aún es difícil de comprender y de entender. Todo lo que ahora se pueda decir de él, queda corto y es que es difícil encontrar palabras para explicar todo lo que hizo por nosotros. La tarea que el Señor le encomendó no fue fácil, y menos en estos tiempos que corren. Hombre dinámico, conversador, siempre con su sonrisa en la cara, siempre dando las buenas horas, preocupado por sus feligreses, por nuestros mayores, por la gente que vivía sola... Hombre generoso, amigo, afable, sencillo, compañero, un hombre de Dios pero al mismo tiempo un hombre de todos, que supo predicar en su tierra, penetrar en lo más hondo y duro de Sayago, pero sobre todo, supo abrir ventanas en las cabezas más tercas, y esto es una ardua tarea.
Encargado de las parroquias de Bermillo, Luelmo, Pasariegos, Torrefrades, Villamor de Cadozos y Villamor de la Ladre, pasaba media vida metido en su coche, de pueblo en pueblo para oficiar. La palabra tiempo libre no tenía cabida en sus pensamientos y unas «vacaciones» eran impensables.
A todas sus funciones parroquianas hay que añadirle su labor en el instituto de Bermillo donde impartiendo la clase de Religión, acercaba la Palabra del Señor a los más jóvenes.
Su vida, un continuo ejemplo de entrega y dedicación, combinaba las clases en la mañana, (donde hacía lo que más le gustaba, ser cercano con los jóvenes y los niños, y esa era la imagen que siempre transmitía, la de estar hecho un «chaval») con sus tareas parroquianas en la tarde, donde su entrega era con los más mayores, oficiando todos los días, cada día en un pueblo, siguiendo la ruta planificada para llegar a todos los sitios, para llegar al máximo número de vecinos posibles, porque siempre quería estar allí donde el Señor le encomendara la tarea. Trabajador incansable, sacaba jera que hacer de donde fuera, si no había la buscaba, pero nunca paró quieto.
Dedicación en vivir cada momento, porque le gustaba vivir el hoy, y no el mañana, disfrutando del día a día y de todo lo bueno que ello conlleva.
Cargador de penas primero (siempre a la escucha), con la mano tendida después (siempre ayudando)...
Al final nos dejó sin decir nada, en silencio, sin hacer ruido, porque dentro de su salud de roble sayagués el aviso coronario decía que el ritmo de servicio era excesivo, pero su corazón siempre fue un corazón de atleta, fuerte, robusto, trabajador, dedicado, luchador...
Y como sayagués enraizado a sus costumbres y tradiciones, nos dejó en casa, en su casa, en el seno del hogar y de la familia, para desde allí descansar en el regazo del Padre que esperaba con los brazos abiertos tras el deber cumplido.
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