CARMEN FERRERAS
Tenía pensado comenzar este artículo como lo hizo ayer domingo mi amigo José Manuel del Barrio. «Vaya por delante mi solidaridad con los hombres y las mujeres del campo». Lo entrecomillo, porque José Manuel lo dijo primero. Pensaba seguir el mismo trayecto de ida con el que continuaba su colaboración dominical, decantándome por los agricultores de verdad, los que llevan el campo en la sangre y no esos otros de diseño, nacidos al amor de una herencia, de un apellido y de la subvención de Europa. Estos últimos no me interesan. Estos últimos viven como reyes de sus feudos porque su residencia habitual está en la capital, y al decir capital me refiero a Madrid. Hay muchos y muchas duquesas de Alba en los campos de España.
Cambio el registro porque lo dicho por José Manuel es muy difícil mejorarlo. Por eso, quiero abogar por la manifestación del viernes en Zamora y la del día siguiente en Madrid. Yo no sé qué dirá el resto de la población, pero cuando veo una tractorada igual sólo puedo pensar que sus razones tienen y de índole muy poderosa. El campo se muere, señores. Si eso llega a ocurrir en una provincia como Zamora, apaga y vámonos. Zamora, entendiendo por tal la capital, hasta donde yo sé, siempre ha vivido del campo. Si al campo le ha ido bien, a la capital también. Si el campo se ha resfriado, la capital ha tosido y tenido unas décimas de fiebre.
Hay que salvar al campo y apoyar firmemente a los hombres y mujeres que lo defienden. A los que de sol a sol lo trabajan mientras lo riegan con el sudor de su frente. Acostumbramos a tejer extrañas leyendas sobre las gentes del campo que no se corresponden con la realidad. Hay que volver a mirarlos con los ojos de la admiración y el respeto más absolutos, y no con los de la envidia porque en un momento dado hayan podido prosperar, cambiando el viejo «Jodere» de toda la vida, por un tractor amarillo de esos que se llevan ahora. Se lo dije el otro día a mi buen amigo Miguel Blanco Suaña: Estoy con vosotros, os apoyo y me solidarizo. Sé que no me necesitan porque ellos son más y bien avenidos. Pero aunque sea para hacer bulto, si tengo que ir a Madrid, la próxima vez me voy con ellos. Miguel sabe que lo digo en serio.
No hay derecho a que el Gobierno de España y el Gobierno de la Autonomía, los dos o a quien corresponda, permitan lo que en la actualidad está ocurriendo con el campo, con sus gentes, con la desertización humana que se produce a pasos agigantados por obvias razones. Al paso que vamos, el paisaje de sembrados será historia dentro de nada, habrá que dejar las tierras en barbecho. Hay que arbitrar soluciones de inmediato. Y eso pasa por escuchar todo lo que han dicho y lo que todavía tienen que decir los hombres y mujeres del campo. Los de verdad. Los de raza, no los de despacho. Este campo es una ruina, señores. Hay que actuar con diligencia. Y eso es competencia del Gobierno y también de los propios agricultores.