ÁNGEL MACÍAS
De que vivimos en una sociedad adormecida, poca duda cabe; de que hemos convertido en coraza la indolencia, para mantener durante el letargo como música de fondo el ronroneo de la queja continua pero estéril, tampoco. Viene esto a cuento de que estando como estamos, inmersos en una crisis por cuya pendiente, tras muchos meses, aún seguimos cayendo, no se atisba el fondo y menos se imagina la vuelta a la superficie, hasta este momento la única voz colectiva que se ha alzado sea la de los agricultores y ganaderos. Viene esto a cuento también, de que ante la presión de miles de trabajadores que cada mes engrosan las listas del paro, de familias de dos, tres o cuatro miembros en las que ninguno de ellos tiene empleo, de los autónomos y pequeños emprendedores que han visto cómo se quedan en la cuneta sus ahorros, sus negocios y sus ilusiones; los bien abastecidos líderes de los dos sindicatos más representativos se han visto obligados a aunar fuerzas para protestar y tratar de evitar, nos dicen, que los empresarios se aprovechen de la crisis.
No creo que las manifestaciones de protesta deban servir para cambiar las cosas, ni siquiera que quepa convertirlas en vía legítima de presión a los poderes públicos pero, que me aspen, si con buena fe entiendo qué está pasando en España. Y no hablo de la España institucional, sino de la sociedad española. Ayer, en la edición digital de este periódico, se recogían numerosos comentarios de lectores zamoranos a la información sobre la «tractorada» del viernes y muchos de ellos, muchos, eran para atacar a los agricultores. No para discrepar de que se manifestaran o para cuestionar cómo lo habían hecho, no. Directamente los criticaban, en algunos casos con insultos, por el simple hecho de que por ser agricultores, se deduce según ellos, viven como rajás; por recibir subvenciones, por tener maquinaria para trabajar el campo, o porque los tractores son grandes y algunos cuestan (cito literal un comentario) 60 ó 70.000 euros, como si ese gasto fuera un capricho de los agricultores equivalente a un deportivo último modelo.
Claro que el campo está subvencionado, en toda Europa por cierto, y que esa es la primera causa de sus más graves problemas. En el pecado está la penitencia. Pero no es a los agricultores a quienes hay que culpar por ello. También lo están otras actividades mucho menos esenciales para la economía y el interés público y no por eso se acusa a los que a ellas se dedican. Además, lo que nadie puede discutir es que no hay ningún sector en el que los productos multipliquen tantas veces su precio hasta que llegan al consumidor final. Razones tienen para protestar, aciertan en el diagnóstico y aunque otro día diré por qué discrepo en algunas de las soluciones que proponen, lo que no es admisible es el insulto gratuito de algunos urbanitas.