JOSÉ MANUEL DEL BARRIO
Vaya por delante mi solidaridad con los hombres y las mujeres del campo. Pero no con todos ni con todas: sólo con quienes viven y trabajan, de sol a sol, haga frío o calor, arando las tierras o entregando lo mejor de sí mismos en las explotaciones ganaderas. Estas personas lo están pasando mal. Por eso han sembrado las calles de España de tractores, como en los mejores tiempos. Mis raíces son agrarias y sé muy bien lo que significa la falta de rentabilidad de un trabajo bien hecho. Lo mamé de niño y eso nunca se olvida. Pero hay otros, sin embargo, con los que no puedo solidarizarme. Me refiero a los que viven cómodamente en las ciudades, que no son agricultores ni ganaderos a título principal, trabajan en otras profesiones o están jubilados, y siguen ordeñando la teta de las subvenciones públicas. Con estos, ni fu ni fa. Los problemas del campo son muy complejos. Los sindicatos agrarios han hecho una radiografía muy certera: año tras año, los agricultores y ganaderos vienen sufriendo una progresiva pérdida de la rentabilidad que ha explotado esta campaña con una cuenta de resultados ruinosa.
Entre los factores que han conducido a esta situación, se citan dos: los costes de explotación (maquinaria, gasoil, minerales, semillas, etc.) han subido como la espuma y las cadenas de distribución están controlando los precisos finales que reciben los hombres del campo por sus productos. Ante una situación tan catastrófica, los perjudicados reclaman el apoyo y la intervención del Gobierno central, a quien algunos reprochan que haya quitado de un plumazo el Ministerio de Agricultura, cosa que no es verdad. Y aunque lo fuera, si los problemas del campo se solucionaran con cambiar el nombre a un ministerio, el asunto sería muy fácil de resolver. Pero no lo es. ¿Qué debe hacerse entonces? La crisis actual no se resuelve sólo en casa. Muchos productos que llegan a España son más baratos que los que se producen aquí. Y a medio plazo, con la reforma de la OMC, este proceso será imparable. Ante este panorama, los agricultores y ganaderos reclaman más ayudas y apoyos públicos, es decir, políticas socialdemócratas, cuando curiosamente los hombres y las mujeres del campo son poco proclives a prestar su apoyo a los gobiernos socialistas.
Por el contrario, el PP, que se ha sumado a las tractoradas, en su ideario ideológico pregona las bondades del libre mercado y los peligros de las ayudas públicas. ¿No les parece curioso? A mí, sí. Aunque lo que sobre todo me llama la atención es que los promotores de las protestas no reclamen cooperativas más fuertes para producir y vender de manera conjunta. El Gobierno tiene que actuar. Pero también en el campo se puede hacer mucho más.