RUFO GAMAZO RICO
Mal, muy mal le tienen que ir las cosas a la gente del campo para que hayan perdido la paciencia largamente acreditada frente a climatologías adversas y torpezas de gobiernos. Pero todo tiene un límite, hasta la capacidad de aguante del campesino. Ganaderos y labradores, dejando aparcadas antiguas diferencias, se han unido en la protesta por una situación económica que consideran insufrible. Escribió Castelar que «el labrador es el rey de la naturaleza, pero el esclavo de la sociedad»; y una agricultora argüía ayer en este periódico: «Sin la agricultura, ¿de qué va a vivir la sociedad? Anticipó la respuesta el poeta Virgilio; Todo lo produce la tierra; y ponderó P. Feijoo: «Mucho más importan a la república las campiñas pobladas de mieses que coronadas de trofeos».
No se equivocan los campesinos cuando avisan de las consecuencias de poner a la agricultura y la ganadería en uno de los trances mas difíciles de su historia. Porque la experiencia enseña que al campo se vuelve siempre después de los abandonos. Son los gobernantes los que urgen la vuelta del labrador a sus tierras y sus tareas: Augusto en Roma y los Austrias en España recurrieron a los grandes poetas para que hicieran campaña a favor de la vida campesina ensalzando sus valores y defendiendo la insuperable utilidad del labrador al bienestar de la nación. Y no estará de más recordar que en los difíciles años de la autarquía se confió a la exaltación del campo -¡Arriba el campo!- el remedio de necesidades de boca.
Languidece el campo y los labradores se quejan de maltrato político. Se consideran preteridos en la comercialización de sus productos que organizan a su antojo el prepotente gremio de los intermediarios, en exclusivo beneficio propio y perjuicio de productores y consumidores. Cierto es que el mal no es nuevo; un buen poeta tinerfeño, Figueroa -asesinado en los comienzos de la Guerra Civil- escribió una dura requisitoria en verso, contra la raza de intermediarios y especuladores sin entrañas. (Se me traspapeló la copia, y bien que lo lamento). La verdad es que no ha cambiado el sistema de distribución de los productos del campo; los gobiernos no han sabido o no han podido corregirlo . Y así están las cosas; al labrador lo humillan con precios ridículos por unos productos que el consumidor paga como si de angulas se tratara. Todo el mundo tiene archisabido que del campo al plato la patata por gracia de la larga serie de los intermediarios, ha visto escandalosamente multiplicado su precio, en perjuicio, como hemos dicho, de los dos elementos esenciales del trato comercial: el productor y el consumidor. La sociedad lo ve, el Gobierno lo entiende y... ¿ qué ? Claro que la solución no es fácil de arbitrar y, menos, de poner en práctica; pero no le faltan al Gobierno asesores en economía que podrán aconsejarle sobre el tema. Urge una reorganización eficaz de los sectores agrícola y ganaderos antes de que definitivamente se vayan al fondo. Todo -se dice- depende de las normativas de la UE, que unas veces aciertan y otras... menos. Si así es, habría que confiar en los buenos oficios de Rodríguez Zapatero durante su «planetaria» presidencia.
Las asociaciones de ganaderos y labradores que en un ejercicio laudable de unidad participaron en las movilizaciones provinciales y en la manifestación multitudinaria de Madrid se han mostrado muy satisfechas del éxito de la convocatoria: veremos quién recoge el guante; dicen que le compete a la ministra del Medio Ambiente múltiple. Pero la cosa no está para bromas: la rebelión del campo es algo muy serio.