RUFO GAMAZO RICO
El cronista Cañabate tomaba a broma los peligros de la contaminación del aire madrileño, por espeso que éste se muestre algunos días: en el momento oportuno -advertía el autor de «Historia de una taberna»- sopla con fuerza el gran fuelle de la Sierra del Guadarrama y deja el cielo tan limpio que es una tentadora invitación para pintores y fotógrafos. Pero el aire guadarrameño es sutil, trío y traicionero: «mata a un hombre y no apaga un candil» , avisa el refranero apropiándose de un dicho atribuido a Carlos V o I ,según se mire; divos y divas líricos lo temían como causante probable de ronqueras y pulmonías; en todo caso, presumen con razón los madrileños de los aires finos y tenues que, al igual que el agua famosa, le vienen de la sierra. Entonces es comprensible la vocación serrana de Madrid que, perdónese la zafia comparanza, tira al monte con la tenacidad de la cabra; es evidente la tendencia norteña del urbanismo madrileño del último siglo, más acusada desde los años republicanos, en palmaria demostración de que la «geo» se impone a la política: no pocos de los grandes planes alumbrados en el periodo del ministro Indalecio Prieto y el alcalde Pedro Rico fueron desarrollados y felizmente culminados por ayuntamientos posteriores. En la paz insegura de la República se popularizaron las excursiones domingueras a la Sierra que los hombres de la Institución Libre de Enseñanza habían descubierto como lugar de asueto sano y divertido. Sin embargo, gentes timoratas interpretaron las excursiones de los «chibiris» descocados -chicos y chicas- como jornadas de «repoblación forestal» .Ya se sabe que en las lides políticas no empece la mala uva a la frase ingeniosa.
La Sierra del Guadarrama es un valioso tesoro de la naturaleza que, aunque constituya una unidad indivisible, pertenece en desigual proporción a Madrid y Segovia; diríase que esta singular realidad geográfica ha marcado históricamente su ejemplar relación en condiciones de paridad, de a tú; mesnadas segovianas tuvieron parte destacada en la conquista de Madrid y desde hace siglos «la bella puente Segoviana» es el pétreo testimonio de agradecimiento por la gesta. Por ser patrimonio común de Madrid y Castilla y León, sus gobiernos respectivos se han comprometido a instar la creación del Parque Natural, en convenio firmado por Esperanza Fuencisla Aguirre y Juan Vicente Herrera en el solemne marco del monasterio de El Paular. Por su parte y como argumento ante el Gobierno de la nación, cada Autonomía desarrollará la parte correspondiente del Plan de Ordenación de los Recursos Naturales de la Sierra del Guadarrama. Probablemente barriendo para casa y por restar méritos a los firmantes del convenio, cierto comentarista ha advertido que se trata de una iniciativa de los años veinte. ¿Hasta dónde llegaba la iniciativa?
Números cantan la importancia del proyecto: el Parque Natural incluirá miles de hectáreas, flora y fauna de numerosas y notables especies de preceptiva conservación, lugares famosos por su alto valor paisajístico y 42 municipios ricos en obras de arte y en singulares muestras de la arquitectura popular y de la gastronomía tradicional. Será el quinto en extensión el futuro Parque Natural de la Sierra del Guadarrama; pero indudablemente será de los primeros en oferta turística muy singular por su rica variedad que la facilidad de las comunicaciones hacen más atractiva. Parece lógico aconsejar una gestión del turismo consensuada entre Segovia y Madrid ya que en determinados aspectos se complementan; por ejemplo, las dos comparten vocación serrana.
Resulta curiosa y digna de justos aplausos esta alianza de dos autonomías para poner en valor actual una realidad geográfica común. No será ni debiera serlo, la única costura que habrá que hacer en algunos rotos propiciados por el Régimen de Autonomías.