HERMINIO RAMOS PÉREZ
Es fácil recordarlo, y en la mayoría de los casos está presente en nuestra memoria, el número de mujeres que a lo largo de nuestra historia han marcado un hito, que a pesar de las mermas, resabios e infortunios, reales o acumulados, escribieron con letras mayúsculas sus decisiones y su paso por la historia. Haberlas, las hay para todos los gustos y si unas marcaron su paso escribiendo un futuro de gloria, otras acarrearon auténticos vendavales de intrigas, incertidumbres y traspiés de todo tipo, que también marcaron su paso de manera definitiva.
El número y el nombre de esas celebridades femeninas está en la mente de todos los españoles, sea cual sea su edad y su nivel, por lo menos hasta ahora, en el futuro, tengo mis dudas de que se pueda cumplir esta afirmación con ciertas garantías de acierto.
En la historia universal y, sobre todo, en nuestra Edad Contemporánea, siempre aparece la mujer detrás de los grandes acontecimientos que han hecho temblar el planeta y han marcado y siguen marcando e imponiendo ese equilibrio tan necesario para normalizar las más agresivas situaciones y marcar pasos y velocidades apropiadas al momento. Los nombres también están en la mente de todos y su temple y reacciones en momentos claves, son lecciones de alta política y de alto riesgo que han llevado con esa sencillez y esa serenidad que sólo la mujer adopta y ejerce en plenitud con éxito total.
En este sentido, llevamos demasiado tiempo con una sequía de un valor femenino deslumbrante que acabe con las incertidumbres, pesares, alocamientos y desorientaciones, creadas por una incertidumbre, inseguridad y falta de claridad de juicio a la hora de programar un futuro adecuado a nuestros valores y posibilidades y acorde con las normas y presiones acomodaticias de fuera. Esta falta de claridad y de inseguridad ha hecho perder toda esperanza a esa masa anodina, que calla y no se acerca, peligroso silencio que acaso una esperanza parece destacarse en el horizonte y como la esperanza es femenino y ella lleva ese nombre, esperemos que la Esperanza ordene a sus mesnadas irrumpan en la escombrera nacional en que han convertido en estos últimos treinta años los fatuos de la prepotencia.
Me recuerdan estos desatinos oficiales de la paridad, aquellos ejemplos de las gramáticas y de los análisis de antaño que como ejemplo enseñaban varias cosas a la vez sin engaño y con claridad como suelen hacer los buenos maestros, cuando nos dictaban: «Para el ganado pastor, para que la oveja para tranquila en el prado». O aquella otra que constituye toda una definición popular, llena de ese hondo significado que encierra toda esperanza dentro a veces de la más dura y hasta cruel realidad: «¿Madre, qué es casar?: Hija, hilar, parir y llorar».
Acaso la paridad haya querido amasar toda la filosofía que desprenden estos dichos entre gramaticales y demasiado tristes y duras definiciones de una realidad, que hoy es historia, nos haya llevado a soñar con esa Esperanza que con raíces en tierras de viejas y señoriales posturas, escriba esas páginas que están en blanco, antes de que las llene de borrones cualquier inoportuno insensato. Tengamos esperanza y que así sea.