JUAN CARLOS VILLACORTA
Esta zamorana, fallecida recientemente, se llamaba Tránsito Esteban Blanco y su nombre onomástico hubiera podido haberse incluido en la relación de advocaciones de la Letanía Lauretana. Su mérito ha sido el haber trabajado como niñera, modista, criada y cocinera todos los días de sus largos años para todos los miembros de su numerosa familia, y siempre con el mismo cariñoso trato y sin la menor queja, replegada en el anonimato, y yo creo que merece esta publicidad y algún reconocimiento a título póstumo de las virtudes del ejercicio doméstico, bien por parte de Cáritas, de la Cruz Roja zamorana o de alguna de las instituciones del servicio social del Ayuntamiento o de la Diputación de Zamora.
Ajena al flujo acostumbrado de Santa Clara, ajena a todo «lo demás», fue siempre el eje de la vida de toda su familia como criada siempre a punto, cocinera alerta a todas las horas del día y a las habituales de unos y de otros.
-¿Entonces qué hacemos?
-Vamos a casa de Tránsito.
Y allí estaba ella, humilde y callada. A veces, más parecía un enser humano de la cultura etnográfica de Zamora, ajena a las historias de Fray Diego de Deza y a las imágenes cercanas de los canecillos de Santiago del Burgo, sin preguntarse nunca ¿dónde el románico y dónde el gótico? Pensando acaso en ese friso de viejos sentados en el quicio de los arcos de la portada... «consolatrix aflictorum».
Yo solía llegar a Zamora al filo del crepúsculo y me iba directamente a la casa de Ramos Carrión a ver a Tránsito que me estaba ya esperando, con mi capa de pastor alistano recamada con ringorrangos ingenuos y fantásticos casi surrealistas y un gran imperdible para sujetar los pliegues de la capa e irme corriendo a la iglesia de San Claudio donde me esperaba con el farol de cuadra encendido Sixto Robles, que entonces dirigía este periódico y donde iba a oír los sones del bombardino, y el Miserere de Castilla según el pueblo, y cuya partitura hubiera podido ser compuesta por el pintor Solana si en vez de pintor hubiera sido músico, aunque es seguro que hubiera sido estafado en el concierto de su tiempo.
Creo que este ejemplo de servicio social doméstico debe ser recordado y reconocido. Ni ella desearía que nadie pudiera beneficiarse de este reconocimiento pero estoy seguro de que muchas mujeres zamoranas hubieran querido llevar prendido a su nombre el de la Virgen del Tránsito que ha mantenido en nuestra ciudad la fe en el milagro y la nostalgia de un cierto misticismo. El convento de las monjas del Tránsito ha sido siempre como una sucursal de la Corte de los Milagros; la Virgen no fue tallada por unos ángeles en el siglo XVII, sino por la piedad de vecinos zamoranos, pero la verdad es que gracias a Dios todavía hay muchas Tránsito anónimas, que no necesitan para hacer el bien de la solidaridad sino, simplemente, servir, al margen de todo idealismo ideológico, y ellas representan mejor que nadie la verdadera grandeza de nuestra tierra.
Tenía y tiene una hermana, Faustina, que se dedicaba al comercio y que ha vivido siempre ajetreada. En el libro «El viento y el verano» Gerardo Diego, que fue un gran poeta de la Generación del 98, decía en uno de sus poemas: «lo que Marta laboraba, se lo soñaba María: Dios, es verdad, Dios no supo cuál de las dos prefería. Porque Él era sólo el viento que mueve, pasa y no mira».
Pero, en este caso, María se llamaba Tránsito.