LUCIANO PAJARES BEATO
No hay mejores momentos para meditar que los que se determinan desde el silencio y el sosiego; pero especialmente el silencio y la paz que se viven ante el Sagrario de una iglesia, y si tiene estructura peculiar de piedras centenarias y está casi vacía de gente y ni las respiraciones de los fieles más próximos se sienten, se avivan las sensaciones y todo se hace más profundo e inducido En esa situación se encuentra nuestra Santa María por la tarde, cuando nuestro párroco, Don Gildo, antes de la misa vespertina, abre la puerta del templo para confesar y espera la hora del culto y que lleguen y se acomoden los fieles. Entonces, en ese tiempo que sabe corto, se escucha la delicada sonoridad del silencio y, si se está en situación anímica de quietud, todo es un místico vibrar del lugar, son las piedras que como una sublime oración invitan a contemplar, a perderse dentro de uno mismo en un atisbo de inmensidades, nos invitan a olvidarse de la propia existencia en la presencia de Él, y a andar cerca, muy cerca, de «darle a la caza alcance», como explica desde su experiencia personal nuestro hermano San Juan de la Cruz.
En uno de estos ratos en Santa María, al atardecer, cuando, perdida la concentración y distraído, miraba nuestro Retablo del Altar Mayor con su hermoso Cielo de las Constelaciones Zodiacales a medio iluminar, sentí que a mi lado había alguien e inquieto y, en ese último banco en el que suelo sentarme, me moví como buscando acomodo entre un escalofrío y una turbación, pero la respuesta se hizo presente en un sayal franciscano que tapaba la reconocida figura del Padrecito Motolinía, Fray Toribio de Benavente.
A pesar de la sorpresa, quise saludarle, pero con una señal inconfundible de silencio, poniendo el dedo índice de la mano derecha sobre los labios, me indicó con gestos que lo mío se reducía a escuchar, y mi bienvenida quedó substanciada a una sincera sonrisa con gesto de afecto.
Luego, inmediatamente, sin mediar más palabra, me mira y con aire comprometido y serio, y me dice: Debéis saber que en esta situación que pretendéis vivir, sin Dios, no hay conciencia ética y se pierden todos los respetos, incluso el debido a la vida humana a pesar de estar considerado, por la mayoría, como derecho fundamental; de ahí que el desvarío a que estáis llegando sea extremo; de ahí que, perdida la razón, queráis llegar al más espantoso de los crímenes anulando el humano derecho a la vida desde el ser en su estadio más dependiente; también vemos como se pretende captar eso que llamáis el voto de los jóvenes, con licencias de perversión que los arrastran a la animalidad sexual, a los paraísos artificiales de la droga y, en definitiva, al hedonismo; advertimos como se perturba la Justicia con maniobras políticas, deshaciendo cualquier conato de oposición con manipulada legalidad, sin otro fin que buscar el poder.
Pero el tiempo pasa y ante la iniquidad se rompieron los cuatro sellos. Ya, los vivientes gritaron: ¡Ven! Ya piafan los caballos apocalípticos con los jinetes blandiendo sus armas y sus poderes. Ya, desde la Moncloa, invaden toda España y se acercarán, al galope tendido, al límite de nuestro Benavente, al Puente Castro, sembrando desde la mentira, la ineptitud y la justicia mediatizada: miseria, destrucción y muerte.
Sabemos que el primer caballo, el Blanco, ya galopó a su albedrío y, sólo, de un golpe de espada doscientos inocentes murieron en Madrid; sabemos que el caballo Verde, el año pasado causó más de cien mil muertes inocentes de no-nacidos y ahora pretendéis transformar una despenalización en un Derecho de Muerte.
Sigue diciendo: ¡Aún es tiempo! ¡Corregíos! Enmendad los errores, dejad de imitar a Stalin, imitad a Cristo. Cayó el Muro berlinés y cayó Rusia tras un estrepitoso derrumbe; buscad la paz y la justicia desde la razón, y el respeto al hombre desde la mayor de las consideraciones: El amor. Que la paz, el amor y la justicia sean los cimientos de nuestra sociedad, de nuestro reino.
En mi viaje a la Nueva España, me aterré al enterarme que los sacrificios humanos ofrecían miles de personas sacándoles el corazón con cuchillos de silex y hoy aquí, en pos de un erotismo desquiciado y desprovisto de amor que se asienta sobre una animalidad desbocada, se asesina en la impunidad desde la eliminación del derecho a la vida de los inocentes más indefensos.
En ese momento Don Gildo, da las luces de la Iglesia y, sin despedirse, desapareció.