HERMINIO RAMOS PÉREZ
Lo hemos repetido infinidad de veces. La historia se ha escrito a lo largo de los campos y justamente en ese camino por donde nos llegó la historia tenemos en esta maltratada tierra nuestra dos pilares de ella fundamentales, muy cerca uno del otro, Castrotorafe y, un poco más arriba en el mapa, el célebre monasterio gloria de la iglesia y del Císter de Moreruela.
Recogemos noticias de nuevas obras de consolidación y no sabemos en qué medida le tocará algo a la restauración. Ya es hora de que se atiendan las maltratadas ruinas de uno de los puntos claves de nuestra historia a lo largo de la segunda mitad del siglo XII (1157-1188). Fernando II de León dio lugar a una de las primeras y más destacadas órdenes militares, la de Los Freires de Cáceres, poco después Orden Militar de Santiago, uno de los elementos sociales clave dentro de su actividad y competencias. Pero la historia se acumuló sobre la fortaleza y si fue Vico Acuario romana en la Vía Augusta más tarde se le añade, como en tantos otros casos, el vocablo árabe Torafe, límite de dos mundos, de dos historias fundidas aún sin entenderse en una sola España.
En el descolorido siglo diecinueve, como una gracia especial, el progreso lo utilizó como cantera y las recuas de todo tipo acarrearon las piedras para la urbanización de las principales calles de nuestra capital, empedradas con la historia que casi nunca se ha entendido y ha derribado sin piedad a lo largo de décadas en aras de un progreso que nunca ha sabido ver, desarrollar y actualizar sin destruir.
Célebres huéspedes ocuparon la fortaleza y enriquecieron sus páginas de historia: el Conde de Urgell, como prisionero; doña Sancha y doña Dulce, como generosas de sus derechos a la corona a favor de su hermano don Fernando III el Santo. Castrotorafe fue el premio que Juan de Porras recibió por abrir las Torres del Puente Mayor a Fernando el Católico para sorprender a los portugueses de Alfonso V de Portugal, episodio que da lugar a la Batalla de Toro o Peleagonzalo en marzo de 1476. Fernando entregó la Encomienda de Castrotorafe en premio y pago de aquella acción, que sin duda cambió el rumbo de la historia. Después nada, abandonó, cantera y olvido; sólo de cuando en cuando algún desorientado arranca unas piedras para llevárselas a la cueva de su aposento y junto a estos desaguisados, olvido, ignorancia, silencio y desinterés hasta los guardas establecidos en épocas interesadas por el patrimonio histórico nuestra cultura histórica han desaparecido. Castrotorafe tuvo guarda como Moreruela, Villalpando y San Martín de Castañeda. Fueron tiempos de claridad y de luz que apagaron los de siempre y como siempre. Sangre, sudor y lágrimas.
Sólo le pedimos a las obras respeto, consolidar y programa para restaurar sin prisa. Ejemplos hay por mundo adelante de que se han dedicado años, bastantes años, muchos años hasta dieciséis, por ejemplo para restaurar un monasterio del Císter y allí no se ha alterado ni en un centímetro cúbico sus muros, su mampostería o sus sillares,
Consolidar debe ser obligado y felicitamos por ese programa, pero después no abandonarlo. Nuestra Señora de Realengo bien merece el cuidado de una Asociación Cultural que debe convertirse en la santa protectora de ese nobilísimo lugar, de esas ruinas y hasta de su futuro, consiguiendo año tras año arañar unas cifras para encerrarlas, sí, pero con dignidad y nobleza, en el lugar que devolvería el ciento por uno a los defensores y patrocinadores.