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HEMEROTECA » |
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RAFAEL MONJE
Sucedió hace unos días. Un reencuentro largamente esperado tras seis meses de angustia, sin hablar cara a cara, salvo las llamadas de teléfono, siempre muy pocas para ambos. Él, 44 años, ha regresado al Valladolid universitario que conoció como alumno de la Facultad de Medicina. Era una vuelta necesaria y trabajada para poder vivir lo que le toque vivir junto a los suyos. Ha sido un viaje en ambulancia, desde un pueblo de Cataluña —su lugar de trabajo— hasta un centro hospitalario, donde ella, de tan sólo cinco años, ha podido por fin abrazar a su padre, un médico de familia a quien un tumor cerebral le tiene atado, demasiado atado.
Lo anterior forma parte de nuestra realidad cotidiana, la que en concreto vive estos días una familia de Valladolid y la que otras muchas familias, desconocidas, sufren también en silencio, porque la enfermedad más cruel y despiadada es eso: una lucha silenciosa y abnegada sin descanso ni cuartel que, de un modo u otro, a todos nos atrapa. Y esta realidad, latente y callada a la vez, es la que, en cambio, mueve las conciencias, la que, si te toca —y siempre toca de una forma u otra—, pone paradójicamente un poco de cordura en medio de tanto desenfreno inconsciente en el que creemos vivir. Dicho de otra manera, pareciera que sólo cuando nos golpea duramente la vida reparamos en nuestras propias limitaciones y tomamos conciencia de nuestra fragilidad, de nuestra inevitable exposición al sufrimiento y al desasosiego. Por ello, conviene hacer un alto en el camino y reflexionar para tratar de ser capaces de discernir entre lo verdaderamente sustancial en la vida y aquello otro que no lo es. Y muchos de los episodios a los que concedemos nuestra inescrutable atención no lo son, aunque sólo nos demos cuenta de ello cuando la perturbación, la desazón y la enfermedad nos acecha, bien sea a uno mismo o a uno de los nuestros. La realidad cotidiana es, por tanto, lo que debería concentrar nuestro ánimo e interés, porque es lo genuino, lo auténtico y en lo que de verdad nos va la vida. El emotivo abrazo entre una niña de cinco años y su padre enfermo, que pelea contra una grave enfermedad, casi irreversible, sintetiza mucho de eso que hoy abiertamente quería plantearles. Porque nos creemos el centro del mundo, en nuestro lugar de trabajo, en la calle, en nuestra ciudad de residencia; incluso de manera ingenua decimos que vivimos en el centro del mundo y, por eso, nos referimos a determinados países como Oriente Próximo y Extremo Oriente, mientras que a otros los encasillamos al Otro Lado del Atlántico (así, con mayúsculas), cuando somos nosotros —y más ahora con la crisis— los que estamos en ese Extremo Oriente y en esa otra orilla del océano Atlántico. Seguramente, ante la mirada de los millones y millones de habitantes de esos países, seamos nosotros los que en realidad vivamos alejados de ese centro geográfico y planetario que creíamos tan nuestro y de nadie más.
De ahí, la necesidad imperiosa de ejercer una sana reflexión, individual y colectiva, sobre la realidad de las cosas y de nosotros mismos. ¿Qué vale la pena y qué no merece ni siquiera un instante nuestra atención? El interminable abrazo de ese padre enfermo con su hija, en esa lucha por mantenerse amarrado a la delgada línea entre la vida y la muerte, es lo que sí merece la pena, y tanto que sí. Lo demás, ni es cotidiano ni es realidad, sino pura invención y falsa apariencia.
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