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GERARDO GONZÁLEZ CALVO El Tribunal Europeo de Derechos Humanos ha dictaminado que en las aulas de escuelas y colegios no debe haber crucifijos, porque ello «supone una violación de la libertad de los padres de educar a sus hijos según sus propias convicciones y un atentado contra la libertad religiosa de los alumnos». Este dictamen ha provocado reacciones negativas en Italia -fue una mujer de este país quien acudió al Tribunal de marras-, como la del líder del Partido Demócrata italiano, Pier Luigi Bersani, quien ha dicho que «una antigua tradición como el crucifijo no puede ser ofensiva para nadie». Las Semanas Santas son algo más que una antigua tradición; pero no sería de extrañar que alguien acuda a algún tribunal para que desaparezcan las procesiones por las calles públicas, porque son «ofensivas» para los no creyentes.
Las guerra de los crucifijos no es nueva en Europa. En España tuvo su apogeo durante la II República, auspiciada por la famosa frase que pronunció Manuel Azaña el 14 de octubre de 1931 en la Cámara de los Diputados, cuando era ministro de la Guerra: «España ha dejado de ser católica». Y señaló aún más. «El auténtico problema religioso no puede exceder de los límites de la conciencia personal».
Mucho antes, entre los siglos IV y VI, hubo una dura controversia teológica y militar entre arrianos y católicos, que dio pie a la frase «se armó la Dios es Cristo».
En el primer tercio del siglo XX, entre 1926 y 1929, se produjo en México la llamada «guerra de los cristeros» o «Cristiada», un conflicto armado entre el gobierno de Plutarco Elías Calles y milicias de laicos, presbíteros y religiosos católicos, azuzados sobre todo por las mujeres que instigaban a los jóvenes a «defender la santa causa de Dios». En el Cerro del Cubilete, una montaña imponente en el estado de Guanajuato, se produjo una lucha especialmente encarnizada entre cristeros y legalistas. Allí se había erigido en 1920 una gigantesca estatua de Cristo Rey, que fue bombardeada seis años después por orden de Elías Calles. Volvió a levantarse otro Cristo aún mayor en 1940, que vi con asombro y zozobra en 1980.
Sin duda, no ha habido en el mundo ningún personaje que haya sido tan pintado y esculpido como la figura de Cristo, y en especial Cristo crucificado. No es de extrañar, porque miles de millones de personas han adoptado a Cristo desde hace dos mil años como su redentor, Hijo de Dios, muerto y resucitado.
En estos acontecimientos el problema de fondo no es ni Cristo ni el crucifijo, sino el apogeo de una batalla contra la Iglesia católica, que en Europa está auspiciada por la extrema izquierda y por los masones. Ese sagaz creador de bestseller que es Dan Brown ha abordado el tema de la masonería en su última novela «El símbolo perdido», cuya trama es una conspiración masónica en Estados Unidos. Después del éxito editorial de «El código Da Vinci», las ventas millonarias están más que aseguradas.
Que la figura de un crucifijo sea motivo de escándalo y de controversia es normal. Si fue un baldón que el Hijo de Dios muriera en una cruz como un vulgar malhechor y hasta los propios judíos exigieran a Poncio Pilatos que lo condenara a muerte y soltara a Barrabás, no es de extrañar que ahora el crucificado siga suscitando la misma animadversión. Lo anómalo es que se haga en nombre de la libertad y de los derechos humanos.
Los cristianos han padecido a lo largo de la historia agresiones mucho peores y tendrán que acostumbrarse a estos acosos, justificados ahora con el baluarte de los derechos humanos. La respuesta a estos atosigamientos, más o menos inducidos por el poder, no debe ser la controversia dialéctica, ni mucho menos la reacción cristera, sino un estilo de vida acorde con la fe que se profesa. El descenso de la práctica religiosa en España no se debe al auge de una sociedad agnóstica, que rechaza la idea de Dios aunque se construya otros dioses a la medida de sus gustos, sino a la tibieza de los propios cristianos, que viven al margen de las creencias y que se adhieren gustosamente al culto de los nuevos dioses, haciendo bueno el refrán de encender una vela a Dios y otra al diablo. ¿De qué comunidad cristiana se puede decir hoy lo que se decía de las primeras comunidades cristianas: «ved cómo se aman»? Se trata de cultivar lo que Pablo VI llamó «el amor social, por el cual se antepone lo común al bien particular». Sería una incongruencia protestar por la desaparición de los crucifijos en las escuelas y callarse ante la aberración de que haya millones de Cristos que padecen en carne viva la miseria y el hambre, las vejaciones y el desprecio.
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