El pasquín como denuncia

Con hipócritas aspavientos ha sido recibida la doble derrota de Obama

 
El pasquín como denuncia
El pasquín como denuncia  

RUFO GAMAZO RICO A tenor de la última encuesta sociológica del CIS, la clase política es una de las primeras causas de preocupación para el ciudadano contribuyente; parece poco dudoso que la denostada cofradía ha trabajado a pulso, en su propio descrédito. En efecto, raro es el día que no trae algún nuevo episodio de corruptela picardiosa o de maloliente corrupción económica con presuntas implicaciones de la truhanería política. Es de justicia reconocer que por principio la «res publica» es ejercicio de gentes honradas y beneméritas, como lo es en su inmensa mayoría. Entonces no sólo debieran salir por el buen nombre del exigente oficio público, sino denunciar sin tapujos y apartar sin contemplaciones a los que lo deshonran. Evidentemente no es tal el caso: al contrario, los partidos se empeñan en negar sus pulgas y convierten en alimañas insaciables las del rival. En realidad, son los propios partidos los que han creado con ayuda de medios afines esa especie generalizada de la corrupción política: socialistas, peperos, comunistas, nacionalistas, derechas e izquierdas se acusan mutuamente de casos de corrupción con lo que dejan en evidencia a la clase política; porque a la vista de los últimos descubrimientos de la trama famosa, ¿quién, si no es un gran cínico, se atreverá a tirar más piedras al tejado ajeno cuando el suyo está hecho de vidrio quebradizo? A la larga -se malicia el Emérito- todos presa de la malla de Gürtell y fondones burgueses catalanes bebieron de «aquella agua».

Como si fuera poco condenable el sambenito de corrupta, se lanza contra la clase política la acusación de parasitaria, viene a decirse que no gana el pan de cada día. La especie, repetida en debates televisivos, es exagerada y por lo tanto, injusta; pero ha hecho fortuna entre el pueblo que, harto de palabrería, tiene serias dudas sobre la eficiencia de sus políticos. En las marquesinas de las líneas madrileñas de autobuses han aparecido pegados sobre el cristal papeles con este significativo texto: «624 euros. Salario mínimo interprofesional. Para todos los políticos». Se utiliza la técnica romana del pasquín, sátira quintaesenciada, según la antigua fórmula del costumbrista protestón, «Castiga riendo». Resulta innegable que el pasquín de marras ha prendido ridiculizar la presunta ineficiencia de los políticos, atribuyéndoles el último lugar en la escala de retribuciones laborales; (la verdad es que no pocos trabajadores se contentarían con esos 624 euros al mes). El hecho significado por el pasquín consiste en que se tiene en menguada estima el trabajo de los políticos; sus vueltas y revueltas, idas y venidas, se comparan a las de la ardilla por su escasa utilidad.

Tal vez, el quid de la disonancia creciente entre el pueblo y la clase política radique en que actúan en ondas distintas; mal pueden entenderse los rifirrafes partidistas que intencionadamente se expresan en parábolas de difícil comprensión. Los circunloquios y eufemismos que confirman el lenguaje de los políticos, no son, a la postre, sino fórmulas engañosas para embobar al respetable que se queda como el lego en el sermón. ¿Quién se confiesa capaz de explicar el verdadero quid del último encontronazo entre Aguirres y Gallardones? ¿Alguien tiene claras las gestiones del Ejecutivo, cacareadas con desparpajo, por la vicepresidenta Fernández de la Vega, para resolver la angustiosa situación de los pescadores secuestrados en el «Alakrana»? ¿Dónde está el quid de la discusión política por el «Gran hermano» que todo lo oye y tiene a todo el país al alcance de sus larguísimas orejas? El Gobierno y la Oposición no se ponen de acuerdo ni siquiera para fijar tal como hacían los escolásticos, el tema que discuten.

Con hipócritas aspavientos de sorpresa ha sido recibida por estos lares la doble derrota de Obama en las primeras elecciones después de su histórico triunfo. El fracaso, al decir de algunos comentaristas, venía prefigurado en la zumba con que es tratado en determinados espacios televisivos. La zumba crítica resulta tan perniciosa como el satírico. No es aviso desdeñable para navegantes.

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