MANUEL PRIETO PEROMINGO
Vistas desde lejos de Zamora, algunas cosas son distintas. Y así tal vez visto desde Cataluña, Portugal quede lejos. Y desde muchas otras partes de España también. Sólo unos cuantos miles de españoles de los que estamos atrapados en lo que llaman «la Raya», desde tiempos remotos tenemos conciencia de lo que existe «al otro lado». Sabemos y conocemos la vibración quejumbrosa y razonable de ese vecino nuestro, tan cercano y amistoso y a la vez ignorado por muchos, que ocupa esa esquina del mapa que casi nadie mira o ve y a la que siempre se le deja en blanco en nuestras explicaciones gráficas. Es injusto. Y sin embargo, los que vivimos cerca de esa raya lo sentimos más cercano y nos asombramos de que un país tan seductor y antiguo como Portugal sea ignorado por la mayoría de españoles, que se empeñan en espiar a Francia o a Gran Bretaña para ver qué hacen, cuando no para imitar a los alemanes.
Portugal merece ser conocido a fondo por todos nosotros, sus vecinos. Portugal mira al Atlántico del mismo modo que casi toda España contempla el Mediterráneo. Portugal con su Lisboa «antigua y señorial» es mirada de océano, es nostalgia de un imperio que nunca llegó a ser imperio del todo. Nuestras ciudades, las de aquí cerca, son interior, centro, meseta, capitales muchas de ellas frustradas de reinos que no encontraron a tiempo su salida al mar y si la encontraron, fue muy tarde. ¡Si lo sabremos en Zamora!
Tal vez pudiéramos decir aquello de que hay zonas «ajenas» incrustadas en cada ciudad. Zamora casi para todos se hace fortín medieval. Barcelona se hace parisién y decadente en el Paseo de Gracia y Madrid aparece como neoyorkina en su Gran Vía. Roma puede parecer París al lado de la Plaza de España y lo mismo podría pasar con Buenos Aires, con Sevilla o con Nápoles o con cualquier ciudad, grande o pequeña. Cada una tiene un camino a imitar para ser algo, para sentirse algo.
Nosotros, en España, muchas veces nos conformamos con parecer o con creernos superiores a nuestros vecinos, a los que en ocasiones miramos por encima del hombro o de la frontera pensando acaso que nos tienen envidia y a los que puede ser que demos pena. Ya sabemos que todo lo que sea marcar separación en el fondo degrada. A los de esta depauperada tierra nos miran así, de ese modo tan especial, primero los pucelanos y madrileños, después los vascos y los catalanes, que piensan que por querer ser «ellos» han de hacer de menos a los demás, a los que tienen menos desfachatez o menos suerte. Y se equivocan. Ignoran que a lo mejor el chauvinismo y el nacionalismo rancio es sólo complejo de inferioridad queriendo sublimarse. En un mundo que tiende a globalizarse todo lo que sea enquistarse en su terruño es necesariamente retrógrado y lleva a la radicalización de postulados, ¡con todo lo que los radicalismos conllevan en su interior, fanatismo, violencia e injusticia!
Habrá que llamar desde aquí a las puertas de Portugal amistosamente, desde nuestras esperanzas, para ayudarnos mutuamente a volver a tener territorios con cultura, con futuro cierto y esperanzado, para evitar que nuestra deriva, la deriva de España, como apuntó un experto en paisajes, se haga una «España a la deriva» con territorios desperdigados yendo cada uno a lo suyo de modo ruin y precario. Juntos se tiene más fuerza y se pueden lograr mejores caminos en el horizonte.