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HERMINIO RAMOS PÉREZ La celebración del segundo centenario del nacimiento de ese ilustre español nacido en un camino de estas tierras, cuando su madre huía de un destacamento de tropas napoleónicas en octubre de 1809, es buen momento para reflexionar sobre los muchos zamoranos que se han entregado de manera generosa a la labor más digna que un ser humano puede ejercer, entregarse en plenitud al bien común.
Claudio Moyano mantuvo una intensa actividad política a lo largo de su vida, pero su gran mérito fue dar vida a la Ley de Instrucción Pública, estableciendo la obligatoriedad de la enseñanza primaria y estructurándola con tal claridad y organización que basta citar como anécdota algo tan decisivo como que aquella genialidad del zamorano ha llegado hasta nuestra época y se va a alargar hasta siempre, salvo cataclismo.
Los planes de estudio han durado dos siglos, lo que habla claro y de manera definitiva de su coherencia, de su orden y de su régimen y escalonamiento, cosa que se ha perdido en los últimos cincuenta años, además de manera, según parece, definitiva.
En primer lugar se han roto de manera definitiva los escalones y pasos entre los distintos niveles. En segundo lugar la enseñanza, que debe ser intocable y ajena a las veleidades de la vida política, sólo debe y puede alterarse cuando haya auténtica necesidad de actualizarla, pero nunca atropellarla, entremezclando distintos niveles y rompiendo el orden que la propia naturaleza presa de los avances y técnicas, mantiene.
Alterar el orden dos y hasta tres veces en una generación, como se ha hecho en estos últimos cincuenta años, es además de un error, una barbaridad educativa, científica y social. En todo caso, poco parece importarles a estos listos de despacho que han hecho a su antojo. Debería estar prohibido por ley que esos desalmados señores de despacho se empleen en castigar a una o dos generaciones, a alterar su orden educativo, sus aspiraciones y sus deseos, teniendo que correr infinidad de riesgos, de alteraciones y desórdenes. O sea, todo lo contrario a lo que hizo el bueno de don Claudio, con una visión clara sobre la vida pública y principalmente sobre la Enseñanza en todos sus niveles.
Los bandazos dados por la enseñanza, principalmente en los últimos treinta años, constituyen un auténtico atentado contra toda responsabilidad, contra la obligación que las altas instituciones del Estado y del Gobierno tienen de atender de manera eficaz y adecuada las exigencias del momento y los avances que la investigación vaya aportando en los más altos niveles.
Pero lo que ni se puede hacer con la Enseñanza, alma y vida de cualquier sociedad civilizada, es someterla al bailoteo constante de los restos de ideologías viejas, trasnochadas y tristemente recordadas, zarandeando a las generaciones con una inseguridad verdaderamente suicida. Ya estamos viendo el desconcierto creado entre la masa estudiantil.
Pero además hay dos pecados aún más graves, el estado de abandono a que se ha sometido la sociedad en cuanto a la llamada Formación Profesional, auténtico desierto social que se está pagando muy caro, acaso por no cumplir a rajatabla como se debe el dicho: «Hágalo el diablo, pero hágalo», por un sectarismo anticuado y corto de miras.
Y el segundo pecado aún más grave es haber discutido y mermado, hasta hacerla desaparecer, la autoridad del docente en el aula, donde manda todo el mundo menos el que tiene que hacerlo, el que se suponer debe entregarse a la labor más noble, digna y elevada que puede darse, la de enseñar.
Don Claudio, que conocía el estado de aquella sociedad rural y urbana, propugnó y dio el salto mágico de la Enseñanza obligatoria de seis a catorce años, y comenzaron a salir maestros y levantarse escuelas, así durante más de cien años y en la década del cincuenta del pasado siglo todavía se seguían haciendo campañas contra el analfabetismo.
Es muy fácil mantener la estabilidad en los planes de estudios, ordenada conexión de niveles y plena autoridad en el aula al oficiante. El bailoteo indecente a que se someten los planes de enseñanza debería estar castigado severamente por la sociedad que lo sufre.
Acaso así se pondría remedio a tanto desmán como se comete. Enseñanza y mundo rural, dos grandes fallos que alguien tendría que pagar.
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