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HEMEROTECA » |
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RUFO GAMAZO RICO Anda hoy de capa caída el orgulloso madrileñismo. En los mentideros mediáticos y en las charlas de cafetería y oficina, lamento y desesperación. ¡Qué desastre!, ¡qué vergüenza! ¡qué humillación! La derrota ignominiosa del Real Madrid acaparó el interés ciudadano por temas de mayor entidad política y gravedad. El bochorno histórico del opulento equipo blanco ha alucinado a los capitalinos más que los escándalos de los últimos casos de corrupción descubiertos. A cualquiera se le antoja sencilla la explicación: la derrota que lamenta el hinchada madridista es un hecho singular, rarísimo, de los que entran uno por siglo; en cambio, las corrupciones y los navajazos fratricidas en los partidos políticos han dejado de ser novedades dignas de mayor atención. En el mismo día podríamos encontrar en un periódico algún nuevo capítulo de la trama Gürtel, la detención de alcaldes socialistas y de prohombres de CiU, el oscurantismo torticero en la contestación a preguntas parlamentarias sobre el embrollo del «Faisán», la lucha pepera por el dominio de Caja Madrid, etc., etc. Son algunos de los turbios episodios que se prestan a gruesos titulares en los periódicos y provocan comentarios de condena de las gentes honestas.
Así las cosas -tan mal, o peor, que se suponen-, la humillación del Real Madrid por el victorioso Alcorcón ha mantenido apartada por un día la dolorida atención de numerosos madrileños a cuestiones más preocupantes. Cierto comentarista ha llegado a maliciarse que el más reciente de los rifirrafes entre políticos «fraternos» de la Comunidad y Ayuntamiento madrileños ha sido hábilmente tramado por tramoyistas del equipo socialista; por la misma imaginaria regla de tres podría intentar sacar punta a la derrota del Real Madrid: puesto que nadie niega que la gente mientras se hace lenguas del inesperado desastre futbolístico del equipo de su idolatría, no habla de la crisis agobiante, por más que vea su fin en el año próximo la ministra de Economía, que en su perspicacia ya había columbrado alegres brotes de recuperación.
Los madrileñistas fetén se han sentido heridos por el inconcebible fiasco, en su orgullo siempre exacerbado y a veces, con algún ribete de patosería. Pero en resumidas cuentas, ganaron los modestos a los poderosos, haciendo realidad una vez más, el dicho bíblico que invita al optimismo: «Elevó a los humildes y hundió a los soberbios». El hecho da alas al recobrado discurso izquierdista contra los ricos, que declara culpables de la crisis, insolidarios con los pobres y enemigos de la recuperación económica. Sin embargo, debieran tener en cuenta que los ricos triunfan más veces que los pobres; así parecen entenderlo los de Alcorcón, que no se han dejado enloquecer por su triunfo justo, contundente y absolutamente meritorio. No pueden negar los presuntos «galácticos» que su derrota fuera tan merecida como vergonzante. ¡Qué vergüenza de once!, escupía su desprecio el Castelar del barito; «once tuercebotas bien pagados, negados a sudar la camiseta». ¡Qué vergüenza de equipo! Visto lo que vienen viendo, ¿se arrepiente algún jugador multimillonarista de haber puesto su cotizado nombre y larga fama en la nómina del club que presume de ser el primero del mundo?
La crítica especializada se pregunta quién va a pagar los vidrios rotos; como los políticos con mando, los futbolistas de prestigio suelen considerarse irresponsables de sus fracasos, haciendo suya la disculpa del torero ya que «una mala tarde la tiene cualquiera» ¿Cuántos jugadores del equipo madridista tuvieron conjuntamente una mala tarde en el modesto estadio de Alcorcón? Si el pecado fue colectivo, a todos -jefes, entrenador y futbolistas- toca pagar los daños a la afición. El pago es sabido: cumplir con la obligación de ganar siempre.
En ocasiones señaladas eso de que lo importante es participar no deja de ser un subterfugio, bueno para contentadizos fáciles. Por mejores os envíe yo a ganar a los caballeros franceses, replicó su capitán a los españoles que al regresar vencidos justificaban su derrota en la calidad de los rivales. Por los mejores contrató don Florentino a jugadores que a tenor de «su modesta congrua» están comprometidos a ganar.
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