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HEMEROTECA » |
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BENJAMÍN CHARRO Eran otros tiempos. Tiempos en los que la confianza flotaba en el aire y devanaba dedejos a la solana mientras el gato entraba libremente por la gatera o aquella puerta entreabierta. Hoy todo ha cambiado. Vivimos tiempos convulsos de desconfianza en los que hasta la justicia parece haberse aliado con delincuentes, maleducados y malhechores. Gentuza que está haciendo de este país un reino sin ley; un país a la defensiva y desconfiando, donde la política también parece haberse convertido en refugio de estafadores. Nunca acabaré de entender los motivos de aquellos que se permiten cruzar toda Europa para instalarse en este paraíso de piratas de tierra y mar. También a mí me preocupa que España encabece una nueva y negra lista en el ranking del delito. ¿Estaremos ante una nueva invasión de los vándalos?
Hoy la gente parece arisca, desconfiada, desilusionada... La inseguridad se ha apoderado de su sosiego y ha comenzado a llegar e instalarse en nuestros, aún más, indefensos pueblos. La impunidad de los delincuentes se ha convertido en autodefensa. Gentes sin patria que no son de aquí ni de allá. Gente (por denominarlos de alguna manera) sin escrúpulos que apalean sin compasión a ancianos. Personas sin escrúpulo alguno que por un puñado de euros más que sudados son capaces de matar. Gente que juega con la buena fe de los hombres de pueblo; de esas gentes que siempre fueron acogedoras y abrieron sin excusas sus puertas y sus corazones a todo el que por allí pasaba. Puertas siempre abiertas a la amistad. Puertas capaces de respetar el sosiego de sus moradores sin necesidad de una vuelta de llave.
Hoy el panorama parece haber convertido nuestras casas en búnkeres ante la complacencia de aprendices de políticos a quienes sólo parece preocupar su situación personal para sostenerse en el mar de la demagogia. Mientras tanto en este país parece que crece a un ritmo demasiado elevado el número de reclusos que entre todos hemos de sostener. Reclusos que entran y salen a su antojo por las puertas enarbolando su amor a «esta nuestra patria».
Creo que cuando se quiebra la confianza de todo un pueblo sólo queda una llave, y una mirilla en cada puerta desde donde otear el crudo e incierto panorama. Una estampa que nunca antes había soñado para mi pueblo; para mi tierra. Cuando la tierra llora, al hombre, a sus gentes sólo les quedan las penas con las que cerrar la esperanza.
A mí nada me sorprende que hoy esta tierra sea un barrio más de Madrid. Y es que cuando la huida se hace oficio a lo largo de la historia, siempre provoca heridas que se quedan. Heridas profundas que provocan las ausencias. Esta tierra nuestra de pueblos desvalidos poco a poco se va sembrando se ausencias y llenando de ruinas que ya no necesitan llaves. A veces me pregunto sin respuesta: ¿Alguien con aspiraciones políticas tuvo alguna vez en consideración a todos estos nuestros pueblos hoy semiarroñados? Me temo que ni siquiera cuando no se candaban las puertas. Aquellas puertas que hoy a penas si se abren ni siquiera para sus moradores. Puertas por las que pronto no será preciso entrar, ni serán precisos los cerrojos para sellar el sentimiento que provocan las ausencias de esta larga historia que va llegando a su fin. ¡Lástima que haya que candar la puerta!
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