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LUCIANO PAJARES BEATO Las ocasiones suelen prodigarse muy a menudo y tomarse como circunstancias normales a pesar de ser imprevistas, me refiero a esas raras casualidades de la vida, a esos acontecimientos que suceden de manera inesperada. Así, el otro día, sin haberlo premeditado, me encontré dando un paseo por los altozanos que forman el paisaje del secano benaventano, esas aproximadamente 600 hectáreas que forman un triángulo y cuyos lados son la Carretera de Manganeses, el Mosteruelo con el Montico y la primitiva Carretera de la Coruña.
Hicimos el recorrido comenzando por la carretera de Manganeses, siguiendo por un camino hasta Las Dibujas y de allí hasta la linde del Mosteruelo, en el regato de Valle Oscuro; luego, regresamos por el camino de Valdelafuente a Patacorines y por la zona baja de la Rosaleda llegamos a casa.
Posiblemente hará cerca de sesenta años que no paso por esos sitios de mi niñez, pero el choque recibido ha sido enorme. Aún no me he repuesto de la mala impresión que me ha causado el ver convertidos en eriales esos, en otrora, saludables pagos; lugares donde el tomillo, la vid y el almendro convivían y nuestros antepasados, apostando por el aire que allí se respiraba, lo utilizaban como sanatorio para curar la tisis y la tosferina.
Pregunté qué ha pasado, me contestaron que han hecho un trabajo de concentración del aparcelamiento con desmontes incluido, han compactado caminos y trazados caminos nuevos, han tapado los vertederos, pero en el desmonte han mecanizado toda la superficie de la tierra y no crece nada, es un desierto pedregoso.
No sé si lloré, pero sí sé que en el retorno me decía: Gracias Julio Otero, gracias y mil veces gracias, sólo tú te has encargado de salvar una parte de ese desastre. Al menos cuando beba tu vino, beberé los aromas de esa tierra que tanto amo, de ese espacio donde los recuerdos se han apelmazado en mis ojos de viejo, haciéndolos lagrimear.
Por esa zona abundaban las liebres y las perdices, por allí, pasaba, jinete en burro ensillado, aquel gran comerciante que fue D. Vicente Forés, camino de su josa de Valle Oscuro; por allí, acompañe a mi tío Juan, (Juan Núñez), un gran aficionado a la escopeta; por allí, he visto a los galgos correr las liebres. Allí, he acompañado a mi amigo Paco Posadas Marbán, a la finca de su tío. Allí he ido a cazar lagartos a las rocas de las canteras, con un pincho que me hizo mi amigo Poli, el herrero; allí, en invierno, he estado tirando piedras al carámbano que se formaba en los charcos de las canteras. Allí, he comido almendras y dulcísimas uvas; y allí, sobre todo, he cogido tomillo para alfombrar la calle San Antón para el Santísimo, en la Procesión de la Octava de San Juan.
Y todas esas cosas y muchas olvidadas, no las hice solo, las hice en grupo; en aquel tiempo, éramos sociables sin botellón, pero hoy miro a aquellos quintos míos, los que viven, y ni los reconozco ni me reconozco en ellos, el tiempo ya pasó para todos nosotros; ya, sólo me lamento de la pérdida de lugares y valores. Pero quién sabe, el poder de regeneración natural es tan grande en todas sus facetas que, tal vez, nos lleve a recuperara espacios y conciencia.
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