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HEMEROTECA » |
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DELFÍN RODRÍGUEZ
No es desdoro para cazadores y pescadores aguantar que les tilden de mentirosos. Ellos saben que no lo son. Si acaso, un poquito exagerados. Tiene su lógica. Las dificultades del lance, el esfuerzo y el éxito conseguido hace que les lleve a sacar pecho como lo sacan cuando sus hijos pequeños obtienen en los exámenes una nota de «progresa adecuadamente».
En esta primera Feria Cinegética de Sanabria, que ha constituido una extraordinaria experiencia en la zona por lo que de innovación tiene, me he encontrado con un amigo del que conocía poco y del que, gracias a Dios, conozco ahora algo más: la raíz, sus orígenes y sus andanzas pueblerinas con su adorado abuelo Tomás.
He de reconocer que en los corrillos de la feria las batallitas de caza eran la comidilla, por eso cuando mi amigo comenzó a contarme su experiencia, pensé para mis adentros, hay que ver qué exagerado es este tío. Pero no. No sólo no lo era sino que en una hora de charla aprendí más de caza que en toda mi vida.
Mi amigo es un hombre coherente y casi sabio. Sabe mucho y sabe de casi todo. También de caza. Caza de la buena. Caza a la antigua usanza. La había mamado a los pechos de su abuelo Tomás, un hombre que de no ser una caída de un árbol a sus 96 años, todavía estaría aquí. Y de esto hace décadas. Y es que el abuelo de mi amigo era eterno. Cómo no iba a serlo con la actividad que desplegaba.
Mi amigo comenzó contándome que su abuelo cazaba perdices con un método muy curioso: ¡las emborrachaba con orujo! Lo primero que se me ocurrió fue decirle a mi amigo, una de dos, o les deja la botella en el campo para que al volver al hogar se apimplen o les da de beber a morro, en cuyo caso habría utilizado otro método para cazarlas, puesto que ya las tenía en el bote.
Y ni lo uno ni lo otro. El abuelo de mi amigo cogía trigo, lo empapaba en orujo y lo dejaba macerar unas horas. Cuando lo tenía listo, lo dejaba secar otras horas más. Luego se dirigía a la finca y buscaba los revolcaderos de las perdices. Esto no era algo difícil para un hombre de campo como él. Cuando los descubría, ya al anochecer, ponía unos puñaditos del trigo con el orujo junto a la cama.
A mi amigo se le abren mucho los ojos cuando cuenta esto. Parece que detrás de las gafas se retrotrae a aquellos años de infancia tan felices. Mi amigo me contaba que, al amanecer, su abuelo le llamaba para ir a por las perdices. Cuando llegaban, ellas todavía dormían. Entonces el abuelo y el niño las despertaban dando voces y las perdices echaban a volar.
Con los primeros aleteos de la perdiz se aceleraba la actividad del organismo y el buche repleto de granos y alcohol comenzaba a actuar como una caldera de destilar. El alcohol se le subía a la cabeza a las perdices que a medio vuelo caían redondas.
Dice mi amigo que había que correr mucho para alcanzarlas porque, aún borrachas, corrían que se las pelaban. Tres o cuatro era la percha que el abuelo Tomás se echaba al cinto cada vez que salía de caza. Ni una más. Las justas para la comida.
Es de suponer que, con la resaca, algún otro avispado se aprovecharía de la acción del abuelo, pero eso nunca se supo. Dice mi amigo que el sabor de aquella perdiz borracha era majestuoso.
Genio y figura el abuelo Tomás. Fíjate si lo sería, remataba mi amigo, que un día fuimos de pesca, el río venía alto y de repente lo vi como se lo llevaba la corriente, me desnudé, me eché tras él dando voces de auxilio y en uno de los remolinos sacó la cabeza y me dijo: Óscar, hijo, no grites que nos va a pescar el guardia.
Y es que al abuelo no lo había llevado la corriente, al abuelo se le había caído la boina y, en pleno invierno había corrido tras ella. Genio y figura.
Sirva esta historia como cariñoso recuerdo al abuelo Tomás que, sin género de dudas, era todo un genio.
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