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CARMEN FERRERAS
No puedo demorarme ni un día más. La vacuna contra la gripe me está esperando y no puedo hacerle ascos. Se trata de una vacuna redentora que nos impide a los vacunados pasar el mal trago de esas gripes irredentas que nos fastidian, una o más semanas, cuando nos sorprenden, en pleno invierno, dejándonos las defensas, y la moral, más que bajas, arriadas para una buena temporada. Estoy en las mejores condiciones físicas y psíquicas para hacer más llevadero el enfrentamiento de mi carne serrana y turgente, con la aguja hipodérmica de un solo uso que me clavará con dulzura, en el antebrazo izquierdo, la enfermera que me toque en suerte.
Me dice mi amigo Carlos Méndez, alma de los prestigiosos laboratorios «Almiral-Prodesfarma», que nada hay más eficaz que la vacuna contra la gripe para combatirla. Parece ser que ya no hay fármaco que pueda con ella. La gripe se ha instalado entre nosotros y nos torea bien toreados. Una servidora, que es obediente y disciplinada, va a inscribir su nombre, el próximo lunes, en el censo de vacunados. Entre otras cosas porque me cojo unas gripes morrocotudas. La última que sufrí en enero pasado, me dejó baldada. Encima la pasé en pie, sin tiempo para curarla como se aconseja curar estas dolencias, o sea, en la cama.
Me dice algún que otro amigo bien intencionado que ciertos males se curan con calor de pecho ajeno. Pero, a ver, dónde está el pecho ajeno que quiera prestarme sus calorías personales en momentos tan duros y complicados, cuando el fragor de la fiebre te impide pensar con claridad y mucho menos disfrutar de semejante posibilidad que entiendo debe ser total y absolutamente altruista. Será cuestión de pensarlo y, llegado el caso, lanzar un SOS, a ver si de una pajolera vez encuentro el pecho ajeno que, todo hay que decirlo, no me he molestado en buscar.
Debo decir y digo que aunque me vacuno sigo acogiendo a la gripe si toca, amén de los pertinentes catarros. Los años radiofónicos, aquellos de dura y pura artesanía, me dejaron el punto «débil» (ruego no confundir con el punto «G») localizado en la cosa otorrinolaringológica. Menos mal que tengo la enorme suerte de que la Seguridad Social me haya asignado un otorrino, el doctor Blanco, que siempre ha sabido diagnosticar, a la primera de cambio, si lo mío es de laringe, de faringe, de pituitaria o de pecho... ¡Dichoso pecho, cuando no es el mío es el ajeno!
Me hace ilusión formar parte de la aséptica estadística en la que nos convertimos los vacunados. El Sacyl ha repartido cientos de miles de dosis de vacuna contra la gripe, una de las cuales me está esperando a mí, puede decirse que lleva mi nombre y apellidos, a los que tendré que añadir el 49 y la barra, seguida de un montón de dígitos, que me identifican como miembro activo de la Seguridad Social. Estoy deseando que me inyecten mi dosis de virus contra el virus de la gripe, antes de que me sorprenda en mi buena fe. Y porque, oiga, la gripe no es sólo cosa de viejos. Que me lo digan a mí que he tenido que optar por vacunarme o morir.
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