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ÁNGEL MACÍAS No soy de los entusiastas del consenso por el consenso para que el resultado de tanto ponerse de acuerdo todos con todos termine siendo que ni se avanza en una dirección ni en otra. Soy más bien de los que cree que la Historia ha evolucionando gracias al disenso. A que siempre hay algunos que salen de los caminos establecidos y abren nuevas rutas.
Pero una cosa es defender eso y otra no alarmarse cuando alguien hace de la búsqueda de la confrontación entre los más variados sectores de la población uno de los pilares básicos de su acción de gobierno, como está ocurriendo bajo la presidencia de Zapatero. Sé que se me podrá decir que eso ha pasado siempre y con todos los gobiernos. Que siempre hay asuntos polémicos en los que la sociedad se divide. Es cierto, pero el hecho diferencial que yo percibo y es algo que he leído y escuchado en los años más recientes de la era Zapatero a analistas y pensadores con amplio espectro ideológico, es que ahora parecen buscarse y atizarse con mayor denuedo esos asuntos candentes en los que las brasas más rápidamente se convierten en llamas.
Bajo el logotipo del talante, se nos vende la mercancía de la apertura, el diálogo y el «buen rollito», pero resulta que nunca se ha hecho menos caso que ahora cuando una buena parte de la sociedad se opone al camino emprendido por el gobierno en algún aspecto polémico. Ahí es donde se percibe el hecho diferencial. Una cosa es estar con o contra González, Aznar o Zapatero y otra muy distinta, el empecinamiento, desde el propio gobierno, en exacerbar los ánimos de unos españoles contra otros en aquellos temas que de antemano, se sabe van a resucitar ese cainismo al que tan dados somos en la piel de toro.
El último ejemplo es la reacción ante la enorme oposición social a los excesos de una reforma de la ley del aborto que ni el PSOE llevaba en su programa electoral. Pasar de una ley de supuestos despenalizados a una ley de plazos que parte, no de que se puedan establecer limitaciones al derecho a la vida, sino de la configuración de un derecho al aborto, fuerza sobremanera las costuras de la Constitución. Que una chica de 16 años no pueda, legalmente, tomarse una cerveza en un bar y sin embargo pueda someterse a una intervención quirúrgica para abortar sin conocimiento de sus padres, fuerza el sentido común. Más de un millón de personas se han manifestado en la calle, en los medios y en múltiples foros. El presidente ya ha dicho que no va a modificar nada en su proyecto de ley.
Hay otros ejemplos. Sindicatos contra empresarios en la política económica. El viejo discurso de ricos y pobres en las subidas de impuestos. Rojos contra no se sabe quién a estas alturas en la llamada Memoria Histórica. ¿Para qué todo esto?
www.angel-macias.blogspot.com
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