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HEMEROTECA » |
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LAURA RIVERA Un padre es entrevistado en este diario para contarnos lo mal que lo pasó cuando «perdió a su hijo», o sea, abortó, de manera natural. Animaba a ir a Madrid a manifestarse contra el aborto. Es un hombre. Él y todos los que lo han hecho, tienen todo el derecho a manifestarse por lo que consideran justo, pero no a juzgar a las mujeres que han interrumpido su embarazo, o que han abortado, que es la palabra que a ellos les gusta emplear para que se sientan mal.
No pueden juzgar en sentido estricto a las mujeres que han decidido abortar porque lo han hecho de acuerdo con las leyes que la sociedad por mayoría ha promulgado. Porque aunque no les guste, su acción es legal.
No pueden juzgar de acuerdo con su moral, porque sus creencias o su ética, religiosa o no, es individual aunque les gustaría imponerla. Porque en esta sociedad convivimos personas de distintas creencias y convicciones morales, y nadie tiene derecho a imponer las suyas por encima de las demás.
No pueden juzgar porque serán juzgados. Y si se creen con el derecho de insultar a las mujeres que van a una clínica para abortar, como han hecho algunos grupos, también sobre ellos recae la responsabilidad de que haya mujeres que en una sociedad como ésta, tan injusta, no se vean con el ánimo de ser madres, de tener un hijo.
Porque no es verdad que «ellos los cuiden» en una sociedad en la que nos recuerdan el mismo día que ellos salen a la calle que también hay pobreza? y muertos por la pobreza.
¿Por qué salen ahora a la calle a protestar contra una ley que existe desde hace varios años?
Hasta ahora, en España se puede abortar en tres situaciones o supuestos cuya regulación va a cambiar para incluir un plazo inicial en el que no se necesitará más que la voluntad de la mujer de no seguir con el embarazo.
Si el aborto fuera un crimen, como dicen, habría tres situaciones en las que se puede matar impunemente: si el embarazo es debido a una violación; cuando la salud de la mujer está en riesgo, y cuando hay malformaciones graves del feto. Los tres supuestos, durante unas semanas iniciales de la gestación, en las que se considera que no está suficientemente formado el nuevo ser como para que se produzca el «crimen» que ellos dicen.
La nueva regulación incluye la voluntad de la mujer durante los estadios iniciales del embarazo para poder abortar. El resto de los supuestos queda igual. No sé si es ésta la razón de que se manifiesten en la calle. Porque no es eso lo que dicen. Salen contra el aborto, porque es un crimen. Contra cualquier posibilidad de aborto. Eso es lo que dicen. Entonces, ¿por qué algunos de los asistentes a la manifestación, que han tenido responsabilidades de gobierno con mayoría absoluta, no derogaron la ley en su día?
Claro que no es de extrañar que no lo hicieran, porque muchos de ellos no defienden la vida, como dicen, sino su «regulación». Por eso algunos están a favor de la pena de muerte, que es quitar la vida en ciertos supuestos. Y de la guerra. La vida deja para algunos de los manifestantes de ser una bandera en sí misma, y pasa a ser el poder sobre la vida y la muerte que quieren arrogarse lo que les mueve. Por eso salen a la calle contra el aborto antes de nacer, pero no saldrían contra la pena de muerte para los «mal nacidos». Ni contra la guerra.
Tener un hijo no es una tontería; es una gran responsabilidad. Casi todas las mujeres, si siguen con el embarazo, quieren a su niño, y no les convence darlo en adopción (no es tan fácil además), ni ver cómo pasan penalidades. Otras veces, sencillamente, no es el momento vital para tener un hijo. Hay mujeres y hombres que no quieren tenerlos nunca. Todas las situaciones son respetables. También las de los manifestantes. Ellos han dado su opinión en la calle, y yo no puedo callarme porque no soy una cobarde. No puedo dejar solas a las mujeres que deciden abortar de acuerdo con una ley que tanto ha tardado en reconocer su derecho a decidir por ellas mismas.
Un hombre nos cuenta que lo ha pasado muy mal cuando perdió a su hijo de siete semanas. Un buen padre.
Muchas mujeres nos podrían contar la angustia de su embarazo y de su aborto, mientras los hombres ni siquiera se enteraban. Se las consideraría «malas madres».
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