Saturados y colmados, pero no educados

El que alguna vez los jóvenes se desborden y actúen como horda debe hacernos replantear todo nuestro sistema político-educativo

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Saturados y colmados, pero no educados
Saturados y colmados, pero no educados 

JOSÉ LUIS MAGRO| PROFESOR DE FILOSOFÍA Las exhibiciones de violencia que brotan de vez en cuando en nuestros pueblos y ciudades dejan a este «Homo sapiens» entre lelo e indignado. La última gota fría de este vandalismo descargó en Pozuelo de Alarcón. Al ser más necesaria a los colectivos humanos la tranquilidad del grupo que la solución racional de semejantes problemas, aceptan inmediatamente las decisiones de los «pastores» de la cosa pública. Instrumentalizar un hecho social tan complejo como el de la violencia juvenil o el de las agresiones en el aula para hacer una disertación literaria progresista, o para repartir responsabilidades a diestro y siniestro, puede ser muy efectista, pero nada eficaz para resolver el problema. Y no digamos, si encima, a las personas objeto de la crítica se las dibuja con unas cuantas pinceladas peyorativas. Entonces el éxito político-literario está asegurado. Pero el tema es tan complejo como para rechazar categóricamente las fórmulas magistrales, modelo «crecepelo», de nuestros cultos rabadanes, pues además de sacarte los cuartos te secan los pocos pelos que aún quedan. El chasco de la alegre y confiada muchachada es el fiasco de toda una sociedad amodorrada.

Durante más de un millón de años las dispersas hordas humanas organizaron sus relaciones sociales con modelos que se asemejaban más a los de los actuales chimpancés que a los que los hombres del Mesolítico fueron elaborando hace unos 10.000 años con la aparición de una rudimentaria agricultura y la creación de asentamientos permanentes. El descubrimiento del ciclo de reproducción de los cereales originó un aumento de la cantidad de alimentos y consecuentemente de la población. Tras ello vino la creación unas nuevas formas de organización social para hacer viable su inédito sistema productivo. Ignorar en el tema que nos ocupa los patrones supervivientes de la horda que fuimos, para tener sólo en cuenta los comportamientos que poseemos como seres que viven en la «civitas», es decir sometidos a normas morales, es un grave error político-educativo.

El ser humano porta dos códigos a la hora de actuar: el de la agresividad (individual o de grupo) y el de la sociabilidad. El sistema educativo que ignore cualquiera de estos dos aspectos a la hora de estructurar los aprendizajes de sus jóvenes está llamado al más absoluto fracaso. La agresividad no se educa en los primeros años con razonamientos, sino con un contacto físico-afectivo con los padres y hermanos y con mandatos e imposiciones claros. Ahora bien, al tener la agresividad la función de salvaguardar la personalidad del individuo, deben crearse unas vías para que los adolescentes manifiesten sus cualidades. Al fin y al cabo será la sociedad la más beneficiada si las encauza inteligentemente.

Al no haber variado sustancialmente, desde la aparición de la agricultura hasta el siglo XIX, las formas materiales de producir los bienes que el hombre necesitaba, se mantuvieron unos códigos político-religiosos educativos hasta cierto punto estables. El mero hecho de verse la mayoría de los jóvenes obligados a trabajar desde edades muy tempranas y las constantes guerras, junto con lo que Durkheim llamó el «recurso a las nociones teológicas», amortiguaron un instinto que ahora se nos desborda por todas partes.

La era tecnológica ha cambiado radicalmente las formas de producción y, consiguientemente, los modelos sociales del comportamiento. Alarga el proceso de los aprendizajes hasta edades impensables en los siglos anteriores y mejora sustancialmente la calidad de vida de nuestros jóvenes. Pero en compensación, la colectividad les exige el peaje de prolongar su condición de «minoría de edad» social, familiar y pecuniaria a un período de la vida que hasta hace un siglo le daba derecho a ocupar un puesto en la sociedad y formar su propio hogar.

Tenemos, pues, una juventud en plenitud física, pero carece de los canales sociales que encaucen su energía en beneficio de ellos mismos y de la sociedad. El que alguna vez se desborden y actúen como horda debe hacernos replantear todo nuestro sistema político-educativo.
Por muy paradójico que nos parezca, las pautas sociales y morales conforme a las cuales la sociedad española educa a sus jóvenes buscan más la integración en la manada que la excelencia y el desarrollo al máximo de las cualidades personales.

Por si fuera poco, ha surgido un sistema educativo paralelo al reglado u oficial. Me refiero al que imparten durante horas y horas las diferentes cadenas de televisión a nuestra juventud. Estas novísimas congregaciones fundamentan su sistema educativo en el desarrollo de los instintos básicos: supervivencia del individuo y de la especie; es decir, violencia y sexo; sexo y violencia. Han desterrado el discurso lógico, el esfuerzo y por supuesto la lectura. Basta con apoltronarse en el sillón y tragar.

Frente a enemigo tan poderoso se ha arrugado la sociedad, el Estado y todos los responsables directos de la educación. En estos momentos no existe un ordenamiento jurídico claro y obligatorio que imponga unas normas comunes de comportamiento en la clase o en los espacios públicos. Son los políticos con sus leyes acomodaticias los que han desterrado de nuestras aulas la exigencia, la evaluación objetiva de los conocimientos y el orden.

Como consecuencia de tales despropósitos, el profesor ha perdido su autoridad porque el poder legislativo y el poder ejecutivo con sus leyes invertebradas han hecho inviable el que el profesor pueda impartir los conocimientos que tan demagógicamente exigen.
Quede claro. El político no es quien para dar o negar la «auctoritas». Es la persona concreta y particular quien la tiene o no la tiene. La obligación de nuestros gobernantes es crear las estructuras jurídicas, sociales y morales para que pueda florecer la «auctoritas» que cada persona porta. En esto consiste la verdadera educación.

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