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HEMEROTECA » |
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MANUEL PRIETO PEROMINGO Así me lo cuentan. Y puede creerse.No se hablan apenas. Y no es extraño. Faustino y Pantaleón tienen su historia. Eran del mismo barrio cuando niños. Faustino, desde muy joven, se aficionó con profundidad a los estudios. Terminó brillantemente una carrera universitaria y gastó buena parte de su juventud y del dinero de sus padres en preparar y aprobar una dura oposición. Pantaleón fue menos aficionado a libros y poco estudioso, pero tenía facilidad para relacionarse con la gente. No logró acabar nada y tuvo que trabajar en varios oficios desde conserje de una empresa de cristales, pasando por repartidor de chuches, hasta profesor de lucha en un gimnasio. Al cabo de los años, el azar los unió en la Administración. Cosa del destino que marca las vidas de los hombres, Pantaleón fue jefe de Faustino, pues Pantaleón era un bien relacionado militante de partido y sindicato y había logrado que le ofreciesen un cargo político relevante bien remunerado.
Faustino iba desanimándose en su trabajo con el paso de los meses sin ver expectativas. Era cierto que le dejaba vivir dignamente y no iba a morir de un excesivo esfuerzo, pero no se encontraba muy a gusto, pues cada vez le encomendaban menos funciones; de hecho, muchos días acababa su labor en dos horas. Pantaleón, su jefe, se había rodeado de asesores, de asistentes de variada pluma que le bailaban el agua y que hacían y deshacían a su antojo. Pero tal vez lo que más molestaba a Faustino era ver que su profesión y sus esfuerzos no le servían ahora para nada. Tanto haber estudiado leyes y conocerse los códigos de Derecho Administrativo y Civil o de Procedimiento Fiscal para que Pantaleón cualquier advertencia suya sobre lo legal o ilegal o lo adecuado o inadecuado de un caso fuera entendida por el equipo dominante como una intromisión de alguien que «no era de los suyos». Sus llamadas a la sensatez y a la legalidad eran un obstáculo para lograr los grandes planes del departamento que el partido correspondiente deseaba. Decidió ante esto, tomarse una excedencia voluntaria y fue a trabajar a una empresa privada. Tuvo más retribuciones y lógicamente se elevó con el dinero la carga de trabajo y en especial la responsabilidad que tenía que asumir cada mañana. Un día leyendo el periódico antes del trabajo en la cafetería se enteró de que Pantaleón había sido cesado. Por nada que tuviese que ver con la voluntad popular o con una actuación judicial. Estas cosas suceden porque suele aparecer un militante que conspira con más suerte o más capacidad para colocarse, bien porque el que se va ha caído en desgracia tras un error de corrección política, bien porque un tránsfuga entra en escena o por cualquier hecho de esa especie. Al enterarse, esbozó inconscientemente una sonrisa sin maldad. Subió a la oficina. La secretaria le comunicó que había una reunión porque iban a presentar al nuevo jefe de Departamento. Subió con rapidez y al abrir la puerta se topó con la sonrisa abierta de Pantaleón que le daba un abrazo. Al terminar la presentación oficial, el amigo Pantaleón cogió por el hombro a un estupefacto Faustino y le soltó como confidencia: «Me debían unos favores. ¡Venga!, ahora a trabajar que tenemos unos objetivos muy ambiciosos».
Y es que, vista la realidad en esta tierra bendita, habrá que dudar de quién puede ser el listo y quién es el lelo o el ingenuo y mirar si se puede ser honrado y a la vez … ¿Verdad?
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