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HEMEROTECA » |
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PACO ANTÓN Al ver salir a Ricardito Costa compungido, con los ojos húmedos y la cerviz inusualmente un poco gacha, ya destituido de la jefatura del partido y de su portavocía parlamentaria, a mi compañero de tertulia la estampa le dio un poco de pena. A mí, ninguna, qué quieren que les diga. No es que yo esté reñido con la compasión o cosa parecida, pero ese sentimiento lastimero no lo experimenté siquiera por Barrionuevo o por Vera cuando aparecieron enjaulados -después de haberse batido el cobre contra ETA durante los mejores años de su vida-, por la utilización de fondos reservados para su enriquecimiento personal. Salvando las distancias, claro, entre uno y otro caso. Más que en sus ojos de carnero degollado, me fijé en la impecable vestimenta del peculiar ex dirigente del PP valenciano, en los escoltas espontáneos que le abrían paso y en la desenvoltura que exhibió para subirse al flamante Audi oficial que le ponía a salvo de la jauría periodística. Sólo digo que esos aspectos del poder, la parafernalia que conlleva el poder incluso cuando se ha perdido, llamaron mi atención; no que el descabalgado político tuviera que aparecer desaliñado y huir de allí en un Seat Panda. Qué le voy a hacer, soy así de picajoso.
Pena, ninguna. Esta clase de tipos sobran en la vida pública. La ostentación, el lujo desmedido -y aun el moderado-, el boato innecesario y las compañías sospechosas o no recomendables (como ha dicho doña Cospedal para justificar la decapitación) deberían estar vetados entre los dirigentes de todos los partidos. Yo no sé si Ricki Costa ha trincado algo o no de la trama Gürtel, si será o no culpable de las irregularidades que en forma de sospecha penden hoy sobre su cabeza. Pero, al margen del pijerío más o menos acentuado que rezuma el personaje, no creo que los ciudadanos vean con buenos ojos cómo sus políticos -incluso sin la dichosa crisis de por medio- se dan a la vida regalada y se dejan invitar a trajes de tres mil euros la pieza y a relojes de veinte mil, o cultivan aficiones como los coches de diez millones de pesetas, cuando no el sibarita antojo de degustar caviar de madrugada, para cuyo suministro se recurre a los servicios de individuos más que sospechosos e imputados en todo este cisco, como es el caso de Álvaro Pérez «El Bigotes».
A ver: chorizos ha habido, hay y habrá en todos los oficios. Ocurre que no siempre los «trizan» y por eso hay por ahí mucho golfo suelto, pisando moquetas de despacho, puede que usando coches oficiales y frecuentando palacios y suites de superlujo. También en la política. Pero yo ni siquiera voy a eso. Para las actuaciones delictivas -que quizá las de Costa no lleguen a serlo o a probarse- están las leyes y los jueces. Ahí no hay vuelta de hoja y no pueden admitirse interpretaciones. Me refiero a acciones, poses, apariencias y actuaciones que políticamente son impresentables, que en la vida pública chirrían aunque no sean ilegales. Hay demasiada ostentación y excesiva alegría en la utilización de dinero y recursos cuya procedencia se difumina entre lo público y lo privado, precisamente en quienes deberían deslumbrarnos por sus conductas ejemplares. La del amigo Ric (y asimilados), lejos de ejemplar, es como mínimo una falta de respeto al personal y un riesgo para la salud democrática. Y así lo ha entendido su partido. O eso parece.
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