RUFO GAMAZO
Esto ya parece de ritual, comentó resignado Rodríguez Zapatero cuando fue acogida con gritos de protesta su presencia en el Desfile de las Fuerzas Armadas. Gajes del oficio, que dijo en más cruenta ocasión don Alfonso XIII. En efecto, la breve pitada al presidente se ha repetido una vez más y es de temer que se repita en años sucesivos, pues pitar, como rascar, es cosa de empezar. Por eso la reacción del presidente al restar importancia a la molesta incidencia resulta más oportuna que el voluntarista tercio del alcalde Gallardón alegando que en aquel momento no tocaba protestar. También parece de ritual otra evidencia recogida por los comentaristas televisivos del desfile: como viene siendo tradicional, la Legión y la Guardia Civil fueron muy aplaudidas: tal vez, el pueblo tenga razones que no se le alcanzan a la famosa corrección política. No es absurdo pensar que las muestras de adhesión de las buenas gentes a la Guardia Civil entrañaran la condena del brutal atentado a la casa-cuartel de Dos Hermanas donde dos guardias civiles resultaron heridos; el hecho nos hace recordar que en los años republicanos otro suceso de la misma índole y mayor gravedad motivó la pregunta perentoria de la musa popular: «¿Quienes son, los que no quieren que Guardia Civil exista?, pistoleros, malhechores y ...». La Legión va camino de centenaria y, como el buen vino se ha constituido en gran reserva, madurando en el espíritu fundacional. Tomás Borrás, enviado por «El Sol» a informar de la toma de Xauen, fue el primero en dar noticia de la legendaria unidad militar: en Ceuta se encontró con el fundador que le presentó a «sus valientes»; unos desharrapados; otros, bien vestidos. Delante de Borrás, los arengó Astray: «Venís a la Legión a morir; el que no quiera alistarse que le diga al médico que tiene malo el corazón...». Tomás Borrás se pavoneaba del caso porque, como Cervantes, podía decir que había vivido una gran ocasión.
Por mor de las circunstancias el día de ayer no ha tenido la relevancia de otros años; y es lógico que muchos hayan añorado celebraciones anteriores. La crisis económica y las inacabables obras de Madrid obligaron a limitar el número de participantes y el recorrido del Desfile Militar; alguno se dirá que es muy socorrido culpar al empedrado, pero las cosas son como son. Más pobre, casi ignorada, ha sido la conmemoración del Día de la Hispanidad, el Día de la Raza que promoviera un benemérito hispanista, el argentino Irigoyen. Zaragoza y Aragón han festejado con solemnidad señorial y entusiasmo baturro a la Virgen del Pilar. La gloriosa tradición de la venida de María en carne mortal a la ciudad del Ebro fue celebrada a lo largo de los años, en toda España. Pues, bien, a la salida de la última misa dominical, un compañero -periodista de larga y fecunda trayectoria- se mostraba indignado porque el cura había advertido a los parroquianos que el Día del Pilar no era de precepto y sólo se dirían las misas correspondientes a las jornadas laborales, condición que precisamente no se daba en el Día del Pilar. A este paso -comentó otro feligrés- van a dejar sin tarea a los laicistas. La cosa es que en mi parroquia no se cantó el hermoso himno arengario, solemne y vibrante que proclama «¡Pilar sagrado, faro esplendente!».
Con esto de las autonomías, cada cual miga de su pan y celebra sus fiestas en exclusiva. Mírese como se mire, es una forma de romper viejas ataduras de unidad de la Nación. Sin embargo, son constantes las invocaciones con la boca chica, a la solidaridad entre las tierras y las gentes de España.