Actores mediocres

«No se puede estar interpretando a todas las horas un papel en el que no se cree»

 
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MANUEL PRIETO PEROMINGO El gran Kostantin Stanislavski puso en marcha a principios del XX un método de formación para actores en el que tendrían que recoger sus propias e íntimas experiencias y sus emociones personales para después intentar sustituirlas por las del personaje que les hubiera tocado interpretar. Esto permitiría al público creer en lo que estaba viendo en la escena y lograr algún vínculo con el actor. Cuando el dramaturgo se ponía a trabajar con sus intérpretes les decía: «Me convence» o bien «No te creo»; con ello ofrecía su visión de la actuación.


¡Qué bien nos vendría a todos ahora seguir la teoría popular de «No hacer como que lo haces, sino simplemente hacerlo» ¡¿verdad?! Es una regla que resume «grosso modo» el método Stanislavski (ya se sabe: relajación, concentración, memoria emocional, unidades, objetivos y superobjetivos), que pide a los actores que no traten de emular o copiar acciones de la vida sobre el escenario, sino que las realicen desde su verdad interior tal como las vean. Para acabar con la superficialidad de las interpretaciones hay que intentar la interacción y coordinación entre público y actores, y para este fin es preciso que la audiencia se crea el personaje.


Pasa lo mismo con la incredulidad que estos días se siente al ver todo el lío en que han metido al PP por lo de Gürtel o el lío del Gobierno con lo de «No estar en guerra» nuestros soldados en Afganistán. Nadie se lo cree. Y como esas cosas, mil más. La economía, la relación internacional, el brote verde del desempleo, el aborto libre, etc? No deja de sorprender que el mundo de la Política tan dado a usar formas teatrales no tenga en cuenta esta fórmula de Stanislavski. Cuando se les ve hablar en público, se tiene la sensación de estar asistiendo a unas puestas en escena malas y sin rigor, tanto si hablan Fernández de la Vega, Zapatero o Rubalcaba, como si lo hacen Camps, Gallardón o Rajoy, cuando presentan las interpretaciones para la gente de lo que de verdad haya tenido lugar en los despachos, sólo lo hacen sabiendo que esta vez micrófonos y cámaras registran lo que dicen. Y es que saben que lo que allí digan al día siguiente será noticia en los medios de comunicación; es lo que les interesa. Por eso, sus frases nunca son libres e improvisadas. Y no responden a una realidad íntima. Con todo, lo que tendría que preocupar, sin embargo, es que la política haya adaptado sus discursos a los formatos de los medios de comunicación y además que las comparecencias políticas se compongan de mensajes cortos y buscando el efectismo, sólo para poder adaptarse a la duración de los telediarios o de emisoras de radio y que tengan que llevar una frasecita impactante para captar la atención del posible lector de mañana a la hora del desayuno.


No obstante, tal vez lo que más debe preocupar es que hayan elegido la dramatización como única forma de tener eco en los medios de comunicación. Son los propios partidos los que no hacen más que hablar de «interpretar o escenificar» problemas, los que alegremente llaman «vodevil o chanza teatral» a las corrupciones municipales, los que hablan de «seriales, de culebrones, de novelitas» y se apropian de vocablos como «bipolar o esquizofrénico» o «parapléjico mental» para criticar al adversario. Todo para captar la atención del canal, no del elector o del ciudadano. Pero como insistía Stanislavski la gente necesita creer y confiar en lo que está viendo y, si no es así, se anula la relación lógica entre el ciudadano y el actor de la política. Y todos nos jugamos mucho.


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