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RICARDO FLECHA
Para alguien que soñaba con ser escultor, el brutal impacto que causó la imagen de un Cristo flotando sobre la cruz, fue como un aldabón que marcaba tu camino y que resuena al comienzo de cada nueva obra.
No conocía a Hipólito. Solo era un niño cuando nos cruzábamos siempre camino del instituto. Nunca reparó que me atraían sus manos, sus largas y huesudas manos de Nazareno, que sabían esculpir los sueños.
Cuando pasados los años decidí ingresar en la facultad, me encontré en el tribunal de acceso la figura hierática y solemne de Hipólito Pérez Calvo. Todos los que íbamos de Zamora a estudiar a Salamanca sabíamos que don Hipólito se desvivía por los zamoranos que pasábamos por allí y que estar don Hipólito en el tribunal era una garantía de poder aprobar. Y aprobé, aprobé no solo yo, sino toda una generación de zamoranos que encontramos en la figura de Hipólito nuestro mayor valedor en el acceso a la facultad. Gracias a él, en todos los cursos de Bellas Artes estábamos una veintena de jóvenes zamoranos que intentábamos encontrar un hueco en el difícil camino del arte.
Y allí en la facultad, entre tanto concepto metafísico, Hipólito representaba el aire fresco que necesitaba nuestra enseñanza. Así su porte impávido se convertía en campechano, mientras abría sus grandes brazos para enseñarnos a amar la escultura y con ella al arte. Su oficio de viejo escultor hendía siempre una herida entre la conceptualidad de los principios artísticos. Sin oficio, en escultura no eres nadie.
Y fue, y no me conmueve la fatalidad de este día, el mejor profesor que tuve en la facultad, el más cercano, el más amigo.
Siempre he contemplado su obra con la admiración del trabajo bien hecho. Con el conocimiento del esfuerzo que requiere la labor escultórica. Con el saber de la dificultad casi épica que entraña realizar una escultura.
No puede entender su obra quien solo intenta comprender a través de ella el mundo tangible que nos rodea. Hipólito era un escultor místico. Las figuras de Hipólito rebosan del idealismo mágico que transmite la fe.
Sus obras siempre me han transmitido la belleza de los humildes monasterios, el trabajo callado de un modesto artesano, la paz interior del creyente.
Ya nadie alterará su sueño creativo. Se fue al cielo de Zamora, a terminar su «Coloso de Castilla». A abrazar a Comendador, su maestro. A contemplar cara a cara, como hacía desde la acera todos los miércoles santos, al señor de las Injurias.
Descansa en paz, viejo profesor. Nos queda la obligación de no olvidarte. Aquí dejas tu obra, pero nos privas a Zamora de otro escultor.
Maldita sea.
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