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HEMEROTECA » |
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JUAN CARLOS VILLACORTA.
Cuando Borges comenta la muerte de Gide, dice simplemente: «Quería conocer el otro lado del jardín». Más acá estaría el valle de lágrimas, un lugar de la Salve –oigo a Dylan–, que es una oración infantil en la que se hace una súplica desde «el valle de lágrimas», metáfora de este mundo que no se enumera ni describe; lágrimas que se encuentran derramadas por las literaturas de todos los pueblos y de todas las gentes, el universo mundo ya globalizado, porque en todos los lugares y en todos los tiempos los humanos han llorado, y recuerdo el verso: cuando quiero llorar no lloro y, a veces, lloro sin querer».
He aquí, seleccionados, sin orden ni concierto, algunos ejemplos:
En el Hades homérico, en el que no había lluvia ni nieve, no había lágrimas, pero sí la «hermosa muerte» de los héroes, y Aquiles llora amargamente en su muerte heroica. Y por las muchas muertes que se devoran leyendo los sucesos en los periódicos gratuitos de las mañanas, en los metropolitanos ferroviarios, lágrimas tácitas y anónimas de los que siempre anhelan encontrar algo que buscar y que no encuentran porque lo llevan en su corazón, y está por editar la antología de esas lágrimas que están entre los deseos y la realidad.
En la «noche oscura» de San Juan de la Cruz, caen sobre las arrugas de la tierra, gotas que no son sólo de sudor, sino también lágrimas sobre la carestía de la vida, por la madre muerta o el hijo ausente.
Son las lágrimas furtivas de la nostalgia del mundo feliz de la infancia, como escribe Unamuno: «La causa de esta angustia no consigo ni vagamente comprender siquiera, pero recuerdo y recordando, digo: sí, yo era niño y tú, mi compañera...».
Ese hombre que se ha quedado parado en un rincón de «Los Tres árboles» mirando fijamente el curso del Duero, no está recordando sino el niño que fue, como lo recuerda la muchacha que pasa ante las rejas de su antiguo colegio, recordando a la monja que un día le reprendiera, con lágrimas tardías de reprimenda vergüenza.
Las lágrimas son como el cristalino de los sueños tras el que puede adivinarse muchos pensamientos, pero hay también sueños transfigurados en los que se ven jirones y anhelos de verdades; lágrimas de la oración de León Felipe caminante, y lágrimas del camino equivocado.
Y el zamorano de «Los Tres árboles» se quedó en el bolsillo con el recorte de un periódico marchito, en el que se leía algo que a duras penas podía leerse, palabras de José Ángel Valente, ante un muerto enterrado acaso en el cementerio de San Atilano que, entre otras cosas decían así: «... he vuelto para hablarte. Estoy aquí. Tú no comprendes nada. Te he olvidado tanto y he podido olvidarte tan poco. Estoy alegre y a veces no me acuerdo de ti». ¿También esto es la muerte...?
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