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HEMEROTECA » |
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JUAN JESÚS RODERO.
Pues hay que seguir, y lo que te rondaré, con la austeridad, esa cosa de la que tanto se habla y tan poco se practica por parte de las instituciones y los políticos, aferrados a un sabroso hueso sobre el que no aflojan los colmillos.
Pero he aquí que un político, sólo un político, un ex político para ser más precisos y exactos, aunque no haya hablado en su calidad de tal sino como presidente de la Asociación Española de Ingeniería, ha sido capaz de llegar más allá, más lejos, de la consabida iniciativa de la congelación de sueldos, máximo sacrificio al que están dispuestos los representantes de sus partidos en la vida pública.
Ha sido el zamorano José Luis González Vallvé, que fue consejero de Fomento y luego de Industria de la Junta de Castilla y León, ámbito del que salió por iniciativa propia queriendo liberarse de la mediocridad que allí se respiraba, y que ha sido hasta hace poco, hasta su jubilación, el director de la Comisión Europea en España, quien ha declarado que una buena fórmula para ahorrar gastos secundarios sería, sencillamente, la supresión de las Diputaciones. Se puede decir más alto pero no más claro y su afirmación coincide con el pensamiento de muchos, pero muchos ciudadanos, y no únicamente ahora, en tiempos de crisis, sino siempre. Desde aquí se ha mantenido esta opinión. Si las Diputaciones eran unas instituciones imprescindibles en la España de las provincias, aunque a veces ni siquiera sus presidentes tuvieran dedicación completa al cargo porque ni era necesario, en la surrealista España de las autonomías carecen de la más mínima razón de ser.
Los gobiernos regionales, a través de sus delegaciones territoriales y asumiendo el funcionariado de la administración provincial, podrían llevar a cabo mucho mejor y con muchos más medios toda la labor que desempeñan o deberían desempeñar las Diputaciones. De hecho, las autonomías uniprovinciales prescindieron desde el principio de estas instituciones, que fueron y siguen siendo un fértil caldo de cultivo del caciquismo, sin que nadie las eche de menos. Y otro tanto pasaría con las demás si alguien decidiese suprimirlas de un plumazo, como el más eficaz plan de ahorro público.
Pero, naturalmente, esto es una utopía. Como el Museo de Semana Santa en el Puente de Piedra de Zamora, otra gran idea de Vallvé, que en la capital algunos profesionales y políticos de su partido se apresuraron a tomar públicamente como una boutade, sin más. Ya ha salido reiteradamente el presidente de la Diputación zamorana a contar lo necesaria que es la Corporación Provincial, sobre todo para las obras en los pueblos, y en las carreteras, se supone. A ver qué va a decir.
Y para acabarlo de arreglar, Vallvé, que hubiese sido el alcalde idóneo para el paralizado Ayuntamiento de la capital —a él no le hubiesen colado ese equipo— ha afirmado que es preciso impulsar las instituciones de la Administración estatal. Lo que tiene muchas lecturas. En cualquier caso parece que la carrera política del zamorano difícilmente se reanudará.
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