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HEMEROTECA » |
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JUAN CARLOS VILLACORTA. No, no estoy ni en una calle de la ciudad, pongamos por ejemplo en la madrileña de Carretas, mirando escaparates y pensando en cómo sería la rebaja centenaria, ni en un lugar del campo viendo atardecer, que es más lo que se escribe que lo que se vive, sino en el centro de una fiesta familiar ecuatoriana. Imaginemos que estoy en un posible club Maqueda Nigth, donde hay colgados del techo gallardetes y banderolas, de decoración barojiana, acosado por los cuatro años de Dylan y los dos de Froilán. ¿Dónde estaban los incas y los aztecas? ¿acaso en las facciones del padre Jovanny Guillupangui, dulcificadas por la sonrisa despierta de Narcisa Figueroa. ¡Toda una ingeniera química, modernizando la cultura indígena en España, reemplazando a la cultura latinoamericana por otra de filiación occidental!
Eran gentes llegadas del Nuevo Mundo, atraídas por la fascinación de los escaparates del siglo XXII a la cultura urbana, pero todavía como semidespiertos, pero despoblando el campo nuestro, nostálgicos de nuestros usos y de nuestras costumbres y de sus usos y costumbres, como semidormidos, digamos para entendernos, pero unidos a nosotros en una misma esperanza, la esperanza de un mundo mejor.
La dicotomía cultura ruralcultura urbana ha engendrado una educación sentimental confusa. Nos admiran y nos reprochan. La cabaña no es el bloque, pero la emoción de lo original no tiene sustitutos. Se buscaba la libertad y se ha encontrado, casi siempre con brazos abiertos, una forma nueva de esclavitud, la llamada urbana. No se puede inventar el pasado porque ya está escrito, y el superideal tecnológico puede suponer una suerte de totalitarismo que, en ocasiones, tiende a reducirse por las exigencias de la complejidad social que debe ser gobernada con una burocracia vigilante y servicial, y no sé si creemos verla en el espectáculo de las mañanas colmadas de ciudadanos manejando hojas de centros oficiales.
Hoy, casi todas las ciudades son campos de concentración de emigrantes y en el fondo todos soñamos con una cierta deslocalización pero los sueños nunca tienen destino fijo previsible.
La vida está llena de contrastes. La fidelidad coexiste con la mentira, y todo sigue igual. La diversificación global supervive frente a toda uniformidad procurada y mientras en las zonas rurales despobladas, los índices de valor van cuesta abajo, los índices urbanos quisieran mantenerse o ir ascendiendo.
Yo, creo que la cultura rural y la urbana no son antagónicas, sino complementarias. Para seguir creciendo, es necesario que otras raíces, las mismas, pero con otra novedad, y el tiempo, una novedad sucesiva, que no tiene término.
Digamos, finalmente, que el ladrillo de la burbuja tiene también su atardecer. Antes se utilizaba para construir iglesias y hoy para levantar fortunas.
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