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HEMEROTECA » |
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RUFO GAMAZO RICO
Raro es el gobernante que en algún momento no tiene que oír una invitación perentoria al abandono. El lector recordará la machacona insistencia de Aznar en su «¡Márchese, señor González!»; recordará también la tozudez de don Felipe en mantenerse en su sitio; lógicamente no le apetecía dejarlo a la manifiesta ambición «primi capientis». Decía el general Alonso que no era correcto afirmar que una trinchera es conquistada; la verdad es que se ocupa después que el enemigo la abandona: cosas de la ley de impenetrabilidad, comentaba el militar. En política este principio elemental se traduce en que el aspirante al mando solamente puede conquistarlo cuando lo encuentra libre. Entonces el «márchese, presidente», significa «ahueque para que mande yo». Pero ningún gobernante está dispuesto a dar facilidades al rival. Vale el conocido ejemplo, también bélico: entregad las armas, conminó el sitiador; venid a quitárnoslas, replicó el sitiado; el que quiere peces tiene que mojarse.
La cosa es que el presidente de la Confederación Española de Cajas de Ahorro ha puesto a don José Luis Rodríguez Zapatero ante un dilema morrocotudo: o resuelve la crisis o convoca elecciones generales; el mensaje es claro: si no es capaz de arreglar la situación con medidas extraordinarias y urgentes, levántese de la mesa y que tallen los que el pueblo elija. El consejo de Quintás no casa con la tantas veces citada recomendación de Ignacio de Loyola: «En tiempo de tribulación, no haga mudanzas». Y la verdad es que el país soporta una situación económica angustiosa por tremenda y por larga: demasiada tribulación; tal vez por ello, sea más conveniente tener en cuenta las palabras del fundador de la Compañía jesuítica. Solamente si el presidente del Gobierno se considerara obnubilado por los acontecimientos y falto de ideas eficaces para combatirlos, podría parecer conveniente el cambio.
Evidentemente, no es éste el caso: por lo que conocemos del personaje, es impensable pensar que reconozca sus limitaciones y arroje la toalla. No merece reproches por ello: el gobernante, ha de estar a las duras y a las maduras, y aguantar el chaparrón aunque le cueste sudar sangre. José Antonio Alonso, su paisano y portavoz en el Congreso ha declarado que «adelantar las elecciones sería abdicar de su mandato»; la opinión no tiene apariencia de absurda. En todo caso, la decisión podría responder a razones de conveniencia electoral y dejarla para el momento más propicio de los caladeros de votos; por ejemplo, cuando se encuentren electoralmente maduros los emigrantes con el voto que el Gobierno les concede.
A todo esto, cabe preguntarse por la reacción del PP a la sorprendente propuesta del presidente de las Cajas. Es lógico que la aplaudan puesto que se basa en exigencias de una situación que el partido opositor pinta cada día con los trazos mas negros. Los peperos culpan de las consecuencia de la crisis a la ineptitud del Gobierno socialista, como si el presidente fuera la causa de los males que únicamente Rajoy es capaz de remediar. Pero es sabido que el discurso político no resulta rigurosamente matemático y siempre deja algún cabo suelto. El ciudadano, suspicaz con causa, acaso no se explique la patriótica generosidad del político empeñado en asumir, cuanto antes mejor, la pésima herencia de su rival; entendería mejor que lo dejaran cocerse en su propio caldo. Olvida que la política no está exenta de algún tipo de grandeza. A parte disgresiones más o menos aventuradas, el caso es que se han reclamado elecciones, que la situación económica no mejora, que a la oposición le regalan cada día nuevos motivos de protesta, que en el barco socialista se advierte algunas brechas y que el aliado Cayo Lara amenaza con propuestas callejeras. ¿Estamos al comienzo del pronosticado otoño caliente? El otoño viene adelantado a su equinoccio; cuando acabe, tendremos muy cerca, la planetaria conjunción Obama-Zapatero anunciada por Leire Pajín, émula aventajada de los Magos de Oriente. No deja de ser un motivo de esperanza para el Gobierno y sus cómplices; y aunque sea de rebote para el pueblo corrientemente esperanzado; pueblo definió Alfonso X «el Sabio» es «el ayuntamiento de todos los hombres comunalmente, de los mayores et de los menores ,et de los medianos; ca todos estos son menester et no se pueden excusar, porque se han de ayudar unos a otros para poder bien vevir et seer guardados et mantenidos». De eso se trata, de la mantenencia ponderada como exigencia vital por el arcipreste .
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