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JUAN JESÚS RODERO
A los niños de la posguerra nuestras madres nos hacían poner a la cola del racionamiento para guardar turno. Así nos hicimos, nos acostumbramos, a las colas, una constante, por lo demás, a lo largo de la vida, con o sin racionamiento, con o sin dictadura, con o sin democracia. Los muy viajados aseguran que se trata de un hecho muy español, y que en otros países del entorno europeo casi no se producen colas en los tiempos actuales. Casi. Porque en realidad colas hay en todos los sitios en cuanto coinciden más de un demandante de los mismos objetivos.
Otra cosa es que las colas se hayan racionalizado más o menos, y resulten por tanto más ágiles, menos pesadas y más llevaderas. Las colas más domésticas, las del avituallamiento, se han modernizado y ahora ya no se pregunta eso de quién es el último o la última, lo cual daba lugar en ocasiones a la confusión y en vez de la pista se obtenía el despiste. Ahora, cada cual coge su número y con él en la mano espera que llegue el turno. Un sistema que ha sido extendido a otras muchas modalidades, como es el caso de Correos, y normalmente con resultados eficaces.
Claro que las colas siguen vigentes y además de las numeradas y ordenadas siguen produciéndose otras más espontáneas y tradicionales. Las hay lúdicas, como las largas esperas que suelen aguantarse para ver un concierto o un buen partido de fútbol. Y las hay dramáticas, sencillamente dramáticas, como las del paro, que retrotraen a tiempos no tan lejanos cuando a fin de mes los parados habían de hacer cola ante el banco designado para poder cobrar el subsidio de desempleo. Luego, están las colas no físicas, no presenciales, en forma de listas de espera de la sanidad pública, por ejemplo, donde el paciente ha de esperar no ya para que le operen sino para acudir a la consulta de un especialista.
Hay una cola concreta, muy concurrida y lenta antaño por la parafernalia requerida, que ha desaparecido últimamente gracias a ese recurso de la cita previa aplicado por una administración que pretende modernizarse y se ha modernizado aunque aún falte tanto camino por recorrer. Se trata de la cola del carné de identidad que sobre todo en determinadas épocas, como el verano y las vísperas vacacionales, requería de buenas dosis de paciencia. Ha bastado con instituir la cita previa para que el panorama haya cambiado totalmente y la renovación del documento se lleve a cabo en pocos minutos, de manera rápida y cómoda para el público y para los funcionarios.
Así debiera ser en la mayoría de los casos siempre y cuando se salga de la rutina y se adopten fórmulas más racionalizadas, con utilización si es necesario de la aplicación conjunta de nuevas tecnologías, un campo en el que todavía se puede conseguir mucho más de lo ya logrado. Cuando se hace de esta forma la mejora de los resultados se hace patente. Ya se están consiguiendo experiencias muy positivas en el campo de la sanidad y en otros campos. Y lo que para ello se necesita, sobre todo, es una firme voluntad de hacerlo, una auténtica vocación de servicio.
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