MANUEL PRIETO PEROMINGO
La era industrial y el llamado «estado del bienestar» han conseguido desterrar a Dios al reducto de las iglesias. La publicidad política, que no hace más que loar y dar alabanzas al laicismo de moda, hace hincapié de forma obsesionante en la desaparición de los creyentes religiosos. Pero es únicamente eso: publicidad rastrera. El miedo y las amenazas no pueden desaprovecharse ahora que pueden. Conforme avanzan los tiempos, los políticos, actuando con la desfachatez y veleidad a que nos tienen acostumbrados, generan terrores varios para mantenerse en el poder. La disculpa viene a coincidir con la que tuvo la Inquisición en sus buenos tiempos. En la iglesia era velar por nuestras almas sin dejar pensar ni decidir. En la política es cuidar nuestra salud terrenal sin dejar decidir ni pensar. En cada país tiene su matiz, pero la globalización tiende a unificar. Primeramente, van a la consecución de dinero y ponen como motivo justificador que tiene que cuidar a todos los ciudadanos dotándolos de unos mínimos medios de subsistencia y un mejor nivel de vida; el que no participe irá a la cárcel o al castigo. Aquí hay bastante resistencia, pues mal que bien cada quisque tiene sus ahorrillos. Y nos dicen que tienen que velar por el sistema de pensiones y lo revisarán «para que no acabe rompiéndose y dejando a todos en la calle», ahora que todos vamos camino de hacernos viejos. Quien no contribuya será condenado.
En el asunto del alcohol o del tabaco, que todos conocemos, fumemos y bebamos o no, nos dan la disculpa de los muertos que provocan a través del cáncer, de la carretera o de la cirrosis hepática. El castigo es, según los casos, la enfermedad terrible y la muerte. Como son asuntos muy personales rara vez logran éxito. Lo que sorprende es que hagan esto y a la vez quieran defender el aborto o la eutanasia, si llega el caso. ¿Qué credibilidad pueden tener cuando lo que se ofrece contradice el sentido común y la lógica más sencilla? Prohíben beber y conducir o conducir habiendo bebido y a la vez se lucran con los impuestos de alcoholes y combustibles y permiten automóviles que sobrepasan en potencia con mucho los límites de velocidad regulados. El Estado, pues, resulta incongruente entre lo que dice y lo que hace. ¡Son como niños!, pero son los que mandan. Si se les dejase llegarían probablemente hasta el ahorcamiento a fin de que se entienda de una vez por todas que es el gobierno de turno, es decir el Estado, el que debe decidir por todos nosotros. Y siguen hablando de libertad y solidaridad. Mientras les dura la explotación única de algo, el gobierno, en nombre del Estado del Bienestar, calla y es permisivo del todo. Pero cuando se ha de privatizar, se les despierta la preocupación por nuestra salud y existencia, bien con nuestros pulmones o con el hígado o con la circunstancia gripal actual (que ¡a ver dónde acaba!) y no se para a mirar las emisiones tóxicas de las químicas o petrolíferas o de los vehículos, ni por los componentes morbosos de aerosoles y de alimentos: con el vino y el cigarrillo y alguna otra cosa tienen suficiente. Eso sí, permiten su venta y se benefician con la trampa de la «módica subida» de los impuestos.
Prepárate. Si fumas, bebes, votas lo que te da la gana, haces algunas trampas si te dejan, y no asistes a manifestaciones ruidosas, lees y escribes fuera de lo que se considera políticamente correcto, o no te quieres vacunar cuando digan, vas apañado... Mejor te sería salir al campo y contemplar las aves y escuchar el viento y ver las puestas de sol; pero eso puede ayudar a pensar, y eso es para ellos una peste perniciosa y contagiosa. Y ¡ojo! capaces son de llevarte a Urgencias.