RUFO GAMAZO RICO
Al regreso de su segunda salida americana, Ramon Gómez de la Serna reúne de nuevo a los tertulianos de Pombo. No le satisface lo que encuentra: olvidado el ideal, la República ha premiado a intelectuales reborondos, perezosos, premiosos, topicistas que no lucharon por ella ni por nada; allá ellos, comenta, «por haber preferido eso a la libertad y holgura de su hambre». En «Almanaque Literario» cuenta su decepción: «Este año pombiano —se refiere a 1933— ha sido un año angustioso, en que los jóvenes de esperanza imprecisa aparecieron de luto». No se les ha muerto nadie, les falta el anhelo de la competencia. Esperanza imprecisa, desilusión reglamentada, esperanza de la desesperanza, significativos hallazgos literarios de Ramón, que no han perdido actualidad. ¿Cuánta diferencia entre el fruto cierto en la esperanza de Fray Luis de León y la esperanza imprecisa de los enlutados jóvenes pombianos? Hoy se nos aconseja esperanza en la desesperanzadora subida de impuestos, con la misma firmeza que se nos asegura que lo peor de la crisis ha pasado; ¿es que el alza escandalosa de los impuestos es signo de bonanza? No se compadece el anuncio de la salida inmediata del túnel con el abandono del tren por parte de viajeros de innegable prestigio entre los economistas.
Se preguntan los medios periodísticos por las razones que han motivado que ciertos intelectuales de renombre se hayan despedido de la política activa después de servirla en puestos destacados. Alguno sentirá un sentimiento de humillación por el repuesto que se le ha buscado. Pero no es frecuente que los gobiernos recauchutados mejoren el original: es lógico y obligado que un jefe de Gabinete escoja a los mejores de la clase como ministros de su primer gobierno.
El caso de la supuesta huida de tareas políticas por parte de algunas personalidades de la cultura pone sobre la mesa la vieja cuestión de intelectuales y artistas y la política de ejercicio. Y me hizo recordar la opinión expresada por el afortunadísimo inventor de la greguería, en «Almanaque literario», interesante revista, de corta vida, publicada en los años republicanos. En el número correspondiente a 1935 publica el resultado de una encuesta sobre el tema, realizada entre la «crema de la intelectualidad». La contestación de Ramón Gómez de la Serna es congruente con su diatriba contra los intelectuales reborondos y apesebrados que introduce en su crónica del mal año pombiano. Se duele jeremiaco: ¡Pobre del escritor y el artista que se crean obligados a un servilismo político!... Habrán conspirado contra ellos mismos y sólo se enterarán el gran día en que, todo arrasado, se sientan raseros y tristes. Otra contestación que nos ha parecido curiosa es la que ofrece Antonio Machado, después de afirmar que las cuestiones políticas y sociales a todos nos atañen: «Política y cultura pocas veces han ido unidas en España. Habría que aconsejar a los artistas y a los intelectuales que se ocupen menos de política y más de su arte o de las disciplinas que cultiven». Es claro que Ramón se refiere los escritores y a los artista que se apuntan a la nómina de políticos de oficio, mientras que Antonio Machado se refiere a la compatibilidad del artista puro con la creación política. Giménez Caballero va más lejos, por lo hiperbólico: «Toda obra de arte es siempre política. Toda obra literaria es siempre partidista. La vida es política».