CARMEN FERRERAS
No hay cosa que más me duela que el dolor de mi madre y el sufrimiento de un niño. Sobre todo el sufrimiento que otros niños hacen pasar a un solo niño o niña, es decir, eso que se ha dado en llamar «bullying» y que no es otra cosa que una forma de agravio, que una forma de acoso, fundamentalmente escolar. Acoso que afirma padecer un 47% de niños, frente a un 37% que afirma haberlo practicado contra otros niños.
Hemos pasado del insulto por tener unos kilos de más y por llevar gafas, a sufrir motes ofensivos y ser objeto de rumores maliciosos, entre otras muchas formas de ataque que se perpetra despiadadamente contra los más débiles entre los niños y niñas que, a pesar de los pesares, se me antojan seres frágiles y dignos de toda protección. Y no sólo la paterna, también la del Estado de Derecho que suele dormirse en los laureles en lo que a la infancia respecta.
Resulta que, según un reciente estudio, una de las formas de acoso o «bullying» más común tiene al nombre de pila del acosado como objeto de burla. El envío, a través de móvil, de mensajes ofensivos e intimidantes, además de ser cada vez mayor, es otra de las formas más preocupantes de acoso, junto a la exclusión y el maltrato psicológico, algo que se da sobre todo en chicos, lo que me lleva a pensar de inmediato en el malogrado Jokin. Quiero creer que, el próximo curso, no habrá nuevos casos de acoso escolar, con un nuevo Jokin como víctima de la crueldad infinita que puede posesionarse de un compañero de clase envidioso o con problemas de todo tipo, quizá por proceder de una familia desestructurada, y capaz de una ferocidad impensable.
El «bullying» debiera estar penado y no que la autoridad judicial al igual que la académica tienen siempre muchos reparos para apartar a los acosadores de las víctimas. Es, desgraciadamente, la víctima la que siempre resulta apartada, como si se tratara de una apestada o fuera la desencadenante de la violencia que generan los violentos. Las víctimas tienen dos formas de proceder, activa o pasiva. La activa, reacciona y se rebela aunque de poco le valga; la pasiva se siente indefensa y se deja hacer hasta el límite. Un límite que la realidad ha demostrado puede acabar en suicidio, cuando más; en el hundimiento moral, físico y psíquico, cuando menos.
Quien diga y piense que el «bullying» es un acontecimiento aislado o se equivoca por desconocimiento o miente. El «bullying» se repite y prolonga en el tiempo. Y ya no son eximentes la pasividad y la ignorancia de las personas que rodean al agresor y a la víctima. Quedarse quietos, callar, mirar hacia otro lado, hacer acopio de indiferencia debiera también estar penado. Otro comportamiento al respecto hubiera evitado muchos atropellos. Habría que fomentar, para todos, modelos de comportamiento basados en la tolerancia y el respeto. Quizá ese fuera el principio para erradicar el maldito «bullying».