Vuela el bronce

La exhibición del legado de Lobo no pasa de ser una muestra revuelta e incompleta

 
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Tomás Sánchez Santiago 

TOMÁS SÁNCHEZ SANTIAGO Mejor esto que el museo ese!». Es lo que salía diciendo —bajo el palio sonrosado de la luz crepuscular— el hombre feliz y exagerado que venía de ver la obra profiláctica que se ha llevado a cabo en la ciudad. Y es que quienes se topen con la nueva escenografía de El Castillo se han de sentir cautivados por la audacia y la soltura con que en general se ha resuelto ese espacio muerto de Zamora. Quienes acudan, en cambio, allí mismo en la esperanza de que los reciba ¡por fin! el ansiado museo que la ciudad le debe a Baltasar Lobo, volverán a sentirse perplejos. Defraudados, también. Una vez más, quien ignora es feliz. Porque salvo que todo esté aún sostenido por un nivel general de provisionalidad, y haya previsto abrir nuevos espacios allí mismo —pero ¿dónde?— para albergar la potente obra del escultor zamorano, la reunión y exhibición del legado artístico de Lobo no pasa de ser una muestra revuelta e incompleta del universo material del artista, forzada por el último aturdimiento de la prisa.
Es cierto que la contemplación descansada de sus maternidades ahí, al aire libre, en el entorno secular de ese esquinazo de la ciudad tan querido para sus habitantes deja una emocionada impresión a quien se arriesga a dejarse envolver por esas formas insólitas de la levedad en la materia bruta del bronce, que ahora casi vuela, ingrávido y sutil: niños que las madres parecen ofrecer al cielo para convertirlos en pájaros, torsos amanecientes que han huido del ancla del cuerpo, alegorías imposibles del agua, hecha dulzura vertical... Pasear entre ese tráfico sereno de estatuas no puede dejar indiferente. Y uno llega a olvidarse, en esa cercanía, del verdadero sentido de la recuperación de ese espacio. Pero no debería ser así.
La historia del museo de Baltasar Lobo es tortuosa y está llena de desencuentros a varias bandas entre los distintos interventores en el asunto. Es sabido que el escultor, sin descendientes directos, legó toda su obra «al pueblo zamorano» para que pudiera contemplarla, siempre que fuera en un lugar digno, seguro y suficiente donde pudiera albergarse. Un museo. Desde 1993, año en que el escultor falleció, hasta hoy han transcurrido dieciséis años. No han pasado muchas cosas más: la familia Lobo se ha mantenido siempre en guardia ante cualquier espejismo que pudiera sustituir por simulacros baratos el verdadero deseo del escultor; por su parte, las corporaciones municipales que desde aquellos días han gobernado la ciudad no se han tomado en serio o no han tenido la suficiente capacidad de gestión como para cumplir con dignidad, diligencia y escrupuloso interés el recado, a todas luces lógico, de Baltasar Lobo; mientras tanto, lo que hubo en la ciudad ha sido un juego de especulaciones. Intelectuales y artistas proponían su propia idea del museo: su emplazamiento, su contenido, su diseño, su alcance... pronto se unieron otras voces: las de los políticos, desde luego, pero también las de los comerciantes, las de los periodistas, las de la ciudadanía en general. Todos querían hacer saber su opinión sobre algo que era todavía pura virtualidad. También quien esto escribe quiso en su día advertir sobre ciertos aspectos que se estaban olvidando (el archivo del artista, amenazado en el estudio parisino por filtraciones de agua que podían ponerlo en peligro, según nos hizo saber la familia en 2003, exigía ponerlo a buen recaudo aquí mismo, en Zamora). El proyecto del museo, en todo caso, fue durante un tiempo trajín social, político, comercial, urbanístico... Todo menos lo que debería ser primordialmente: objetivo estético y práctico para albergar y difundir la obra de Lobo.
No todo fue desbarrar en estos años. En diciembre de 1998 se inaugura un pequeño anticipo del museo en la iglesia de San Esteban, cerrada al culto. Siempre nos pareció un lugar delicioso y lleno de sentido para lo que se pretendía. La ordenación, el juego de espacios para el emplazamiento airoso de algunos volúmenes grandes, la estancia tranquila de piezas de todo tamaño, el repertorio documental exhibido (cartas, diligencias, ediciones ilustradas por Lobo)..., todo ello tenía ese aire provisional, sí, que abría más el apetito al visitante; era un digno punto de partida para empezar a conocer el universo del escultor. «De momento, esto», parecía decírsenos al entrar. Pero no. Nada más hubo. Uno entraba allí, en aquel templo apartado de la juerga central de la ciudad y anunciado por algunas estatuas al aire libre desde la entrada por la calle de San Torcuato, y enseguida establecía con facilidad una relación con el mundo de aquel hombre admirable, bondadoso, comprometido, amante de la libertad y apasionado con su tarea, según han dicho quienes lo conocieron.
Y nada más hubo. Lo único que ha ocurrido es un movimiento de traslación —de la vieja iglesia a la llamada Casa de los Gigantes— seguido de otro movimiento de perversión: la conversión, burla burlando, de lo provisional en definitivo. Los enjuagues económicos de esta nueva instalación lo dejan todo bajo estado de sospecha. El solo dato de tener que vincular el mundo puro y libre de Baltasar Lobo —quien creyó hasta el final en el ideal de un mundo libre y fraterno, bien alejado del asco de las especulaciones— a nombres y a usos habituales que han dominado operaciones de signo inmobiliario desde hace tiempo en la ciudad, da grima y da vergüenza, al menos a quienes creemos en la necesidad de preservar de todo tipo de contaminaciones mercantiles —ventajosas siempre para los mismos— la creación de un museo donde pueda contemplarse con dignidad una parte suficientemente sustantiva de su obra gráfica y escultórica, constituida como ya se sabe por centenares de piezas.
Un proyecto bien planteado desde el principio, sin regateos ni extralimitaciones, hubiera supuesto condicionar el continente a esos contenidos, y no al revés. Ignoro si lo hubo en primera instancia. Ignoro si Moneo, a quien ya no se espera a lo que parece, lo tuvo en cuenta. Ignoro también si aún tiene cabida en posibles planes de futuro. Como se ve, lo ignoro casi todo, sí. Pero si todo termina en una oficina alquilada donde es imposible conseguir la perspectiva necesaria para que los volúmenes de torsos y maternidades respiren con soltura ante el espectador, entonces habremos de concluir que seguimos como estábamos.
Por encima de la responsabilidad política —y aun de la económica—, hay una responsabilidad moral en toda esta cuestión. Es a esa responsabilidad moral a la que aquí apelamos. El escaso crédito que nos merece la dinámica política local, triste réplica del trastorno bipolar que domina hasta el aturdimiento la vida del Estado, y la convicción de que el interés cultural se ha desviado a proyectos inanes (¿se han fijado ustedes?: los periódicos dominantes en el panorama nacional ya titulan la sección cultural con perversa prevención: «Cultura y Espectáculos», «Tendencias»..., cosas así) nos hace pensar en que la empresa de un museo donde albergar la obra de un escultor vanguardista no interesa a día de hoy al común de los ciudadanos («Mejor esto que el museo ese», sí). Es, en todo caso, un riesgo económico de incierta envergadura. Y, en efecto, es así. No deja de ser incómodo aceptar el reto de erigir un edificio adecuado, ponerlo en marcha, saberle dar contenido, dotarlo de energía suficiente (programa de visitas guiadas, actividades didácticas para los escolares, contratación de personal formado, exposiciones temporales de escultura, ciclos ocasionales de conferencias, información audiovisual, inclusión del museo como referente cardinal en la vida cultural de la ciudad, sección de librería donde se vendan obras alusivas al artista y a su mundo contemporáneo, difusión adecuada y sin regateos de la existencia del museo y su entorno, creación de una página web de contenidos sólidos...) y mantenerlo vivo a través del tiempo. Para ello hace falta verdadero interés, imaginación y capacidad de gestión, sobre todo económica. En Zamora todos sabemos qué escasos hemos andado siempre de todo ello para tantas cosas. La vida civil ha estado aquí lastrada —lo sigue estando— por esa insuficiencia respiratoria de la política local, cansina y sometida —unos y otros, salvo honrosas excepciones— al triste vaivén de acusaciones que terminan por hacer disipar sin consecuencias aquello mismo que se preocupan de delatar.
Pero este texto no va en clave de política activa. Los ciudadanos hemos de estar sin complejos por encima de esas pobres visiones de interés político, estrictamente remojadas en el caldo prestado de comportamientos que estorbarían cualquier éxito en la ciudad con tal de no adjudicárselo al partido contrario. Y del horno no salen bollos hace ya mucho. Así las cosas, ojalá esta empresa no termine aquí, como parece. Aunque mucho nos tememos que el museo del gran Baltasar Lobo quede reducido a esto: aprovechamiento bien concebido de un amable entorno que estaba perdido y una muestra, parcial y apresurada, del mundo del escultor tal como ya la conocíamos. Materia de insatisfacción, en suma.
No era eso lo que el escultor había planteado en su generoso testamento. Y menos aún —él, tan remiso a la excesiva visibilidad— el jugar impunemente con su nombre y con su conciencia. Un museo ha de ser también réplica del espíritu del autor que lo hace posible. Nada de esto se ha tenido en cuenta, y no es de extrañar que la familia siga reacia a confiar en las promesas que, de cerca o de lejos, se le hacen dieciséis años después de la desaparición del mejor artista zamorano del siglo XX y uno de los grandes en la aventura estética del zarandeado siglo XX. Qué diferencia esta desidia, comparada con la emergencia de ese edificio —casi una provocación allí, a la mano, cara a cara con Lobo— inventado para algo así como un Consejo Consultivo (donde, imagina uno, estará agazapado un cónsul de borrosas funciones y pingües beneficios). Qué estéril derramamiento de energía en brazos de lo político; qué agravio, sí.
Pero la familia no ha hecho más que empezar a padecer. Dentro de nada surgirán, por descontado, los primeros pins, las reproducciones decorativas de piezas para vender como pisapapeles en esas tiendas de productos de la tierra. Y ya enseguida alguien se inventará en la emergente cultura gastronómica local alguna tapa con su nombre (camino andado tenemos: los pinchos del "Lobo") para culminar en la rotulación de un establecimiento próximo al recinto que dará en llamarse más o menos así: «Lobo´s Pub».
Comercio y decoración pública. A eso va a reducirse todo si no se corrige a tiempo —si es que todavía se puede— la perturbación flagrante en que se ha convertido este asunto. Seguirán subiendo las hordas a la torre del homenaje del castillo para disfrutar de un horizonte casi infinito y comprobar, de paso, qué lejos está la ciudad de casi todo. Deberían saber los hombres y mujeres que allí acudan que esa visión encantadora no es inocente: se ha hecho a costa de un gran hombre bueno con el que sigue habiendo contraída una deuda en su querida ciudad. En otras latitudes, almacenadas en una oscuridad prestada, sus esculturas y sus cartas con escritores y artistas relevantes de su siglo, siguen esperando. Es de suponer que ya no podamos contemplarlas.
Definitivamente, es de suponer que para siempre habrá volado el bronce.

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