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JOSÉ ÁLVAREZ ESTEBAN
Así de simple la identificación. Cuando me pongo a redactar este comentario cae en mis manos el último número de la revista «Patrimonio» de la Fundación del Patrimonio Histórico de Castilla y León. No se trata ahora de «hacer volver al señor de la casa» como en la villa romana de La Olmeda, ni de exhibir la magnificencia de un templo como el de Santa María de Medina de Rioseco. Nuestro patrimonio religioso-cultural es tan grande que se resiste a la localización y sobrepasa la mirada y el tratamiento generoso de las Instituciones Oficiales. Es justo por ello que los creyentes entremos en juego y nos pongamos a la labor de mantener esos «lugares entrañables donde se celebran los acontecimientos más importantes de nuestra vida».
Hace no más de una semana conmemorábamos la festividad de Santo Domingo de Guzmán. A la finalización de la misa de la tarde en San Vicente invitaba a los fieles a trasladarse a la capilla de Nuestra Madre para contemplar, en el retablo de Santa Teresa, la imagen del fundador de los dominicos llevando sobre sus hombros, juntamente con Francisco de Asís, una iglesia. Ayer, en el folleto explicativo de la Jornada para el mantenimiento de templos y casas parroquiales, era uno de los más preclaros hijos de la orden dominicana, Tomás de Aquino, el que aparecía sosteniendo en sus manos, a la altura del pecho, una iglesia, símbolo y figura, concreción e imagen de esa otra Iglesia, con mayúscula, que a todos nos cobija.
La llamada al cuidado y sostenimiento de los templos no se hace sin el reconocimiento de quienes nos visitan. Nos lo dicen. Ellos son testigos de un esfuerzo mancomunado y sostenido en el tiempo, valoran el cuidado, la dignidad y el ambiente recogido de unas iglesias, que invitan a la permanencia. Pero la Iglesia en Zamora vive también en los pueblos donde el desalojo ha ido dejando sus huellas tanto a nivel doméstico y familiar como en esas otras «casas grandes» que son los templos. El mundo rural manifiesta el temor a quedarse sin sacerdotes y sin templos. Sólo el pensamiento de tener que vivir sin morada fija, como mendigos, hace que se le revuelvan las entrañas.
Obispo y vicario de la Diócesis, al unísono, llaman a contribuir al sostenimiento de iglesias y casas parroquiales. Nuestros templos, más que museo, son lugar patrimonial y domicilio familiar, mesa de celebración y afirmación de fe. En palabras de Benedicto XVI «la medida de la vitalidad de la Iglesia, la medida de su apertura interior, se mostrará por el hecho de que sus puertas permanecen abiertas, precisamente porque son iglesias en las que continuamente se reza…». Más aún, al prolongarles la vida con nuestros cuidados, y darles así voz para contar su historia, se convierten en un regalo para quienes, aun sin referencias religiosas, las visitan.
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