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HEMEROTECA » |
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NARCISO-JESÚS LORENZO
En medio de este sofocante calor, nos toca hablar de comer. Parecería más oportuno hablar de beber, pero el evangelio de Juan nos ha ido presentado estos últimos domingos el discurso del Pan de Vida. Por este motivo, y también porque quizás la mayoría de nosotros no hemos pasado nunca necesidad, nunca hemos sufrido el azote del hambre, quizá no terminemos de captar la fuerza de esta identificación que Jesús hace de sí con el pan, con el alimento. Por medio del hambre el organismo se revela y avisa de que puede estar en juego la vida si no se alimenta. Pero hoy, además, no son infrecuentes trastornos psico-alimenticios como la anorexia. El organismo necesita alimento, pero la voluntad se los niega. Jesús ha multiplicado el pan para una multitud. Se han alimentado. Se han hartado y la noticia se ha corrido como la pólvora. Ahora le buscan allí donde va, no porque han visto signos, sino porque se han alimentado gratis hasta saciarse. Jesús se ha dado cuenta de ello pero sigue adelante con su programa: mostrar que esos panes multiplicados en sus manos tienen como finalidad demostrar que él es el alimento que da la vida. «Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo: el que coma de este pan vivirá para siempre». Esta afirmación fue (es) demencial para muchos, blasfema para otros tantos y para otros absolutamente fascinante. Por fin, algunos experimentaron al conocer a Jesús lo que tantas veces habían repetido al rezar el salmo 33: «Gustad y ved qué bueno es el Señor».
Y junto a esta afirmación sin parangón, añade otras que con solo escucharlas no terminamos de asimilar. Si acaso recordaremos algo. «El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida y eterna y yo le resucitare en el último día». Pues, «ni por esas», a nuestro cristianismo de costumbre ya no le sobrecogen estas palabras de Jesús. Es un cristianismo satisfecho, sin necesidades aparentes, sin hambre de Cristo. Le seguimos, sí, es verdad, pero sin entusiasmo. Y junto a esto son multitudes los anoréxicos espirituales, que aunque esté en juego su vida, no solo no quieren saber nada del alimento del Evangelio, sino que si les insistes un poco terminan por vomitarlo.
Creámoslo o no, nos va la vida en ello. Y como dice el vulgo: «con las cosas de comer no se juega». Estamos jugando con la Eucaristía y con la Eucaristía no se puede jugar. A las abuelas les oímos decir algunas veces a los niños inapetentes: —Buen hambre tendrías que tener. Ciertamente la receta nos sirve. Más hambre deberíamos tener. Hambre de Dios. Más devoción por en la Eucaristía. No estamos ante una especie de insípidos barquillos blancos, sino ante el Pan Vivo, que hace nos posible vivir unidos a Jesús, «El que come mi carne y bebe mi sangre habita en mí y yo en él». Esta hambre y esta devoción se podrían cultivar con la lectura tranquila en este tiempo estival del capítulo VI de Juan y con la recuperación, en unos casos, y la adquisición, en otros, de la Visita a Jesús Sacramentado. Dedicar a Jesús cada día un tiempo de oración silenciosa junto al sagrario para que nos haga, poco a poco, degustar-saborear su bondad y lo mucho que le necesitamos. De modo que podamos pedir a Dios nuestro Padre: «Danos hoy nuestro Pan de cada día».
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