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BENJAMÍN CHARRO
Vivimos tiempos de agobios y el termómetro hierve. Hoy me viene a la memoria el mostrador del señor Graciano, y el mágico sifón. Sí, aquel atrevido y refrescante aparato que en estos días de calor viene a la memoria por su sola capacidad de sorpresa. Allí me lo sigo imaginando sobre la barra de un bar. Aquel sifón altanero capaz de acoquinar de mala manera a la pobre aceituna rellena de anchoa que estoqueada por el mondadientes parecía convertida en un barco a la deriva flotando en el mar del Martini rojo, a la salida de misa mayor.
Sifón de campañas y tertulias. Artilugio que todo niño aspiraba un día a tener entre sus manos para descubrir su misterio y aquella potencia destructiva sobre el fondo de un vaso plano. Siempre lo mismo. Oye, abuelo, ¡déjame a mí!, y ¡Chissssss! Era entonces cuando la planicie perfecta de la mesa, donde esperaban los berberechos con su punta rabiosa teñida de rojo, se hacía océano ante la atónita y asustada mirada del pobre abuelo. Nunca olvidaré la dificultad que entrañaba la dosificación justa del sifón. Requería una exigente precisión de atino y presión.
Recuerdo aquel día recién estrenado mi ocasional oficio de camarero en una prestigiosa barra de cafetería recién inaugurada, cuando se me acerca a la barra un elegante señor que apenas si llegaba con su mirada a la altura de la barra donde sólo sobresalía su sombrero gris y abrigo a tono al que conjuntaba un bastón con mango de plata y fauces de león que sobresalía sobre la punta de la manga. Me solicitó un güisqui que vertí con esmero sobre aquellos iceberg de hielo que daban a la mezcla un hermoso color que me parecía un mar dorado. Me solicitó que le añadiese un poquito del contenido de sifón. Ni corto ni perezoso, me dispuse a ello. En mi ansia de no hacer el ridículo, me dispuse a colocar el chorro dirigido hacia el centro perfecto del vaso donde bailaban tango los pedazos de hielo. Aprieto con todas mis fuerzas el gatillo del sifón, y un tsunami surgió inundando de güisqui la figura del elegante señor del abrigo gris y bastón de plata. Temí que aquel indiscreto sifón se hubiese convertido en el más certero de los misiles americanos. Cerré los ojos. Cuando los volví a abrir, ya tenía ante mí al dueño del local pidiendo mil disculpas al maltrecho y dolorido banquero que gracias al sombrero no sufrió mayores lesiones. Ahora los trozos de hielo desperdigados por el suelo de la cafetería parecían buscar de un rincón donde esconderse para llorar su pena y reír mi ignorancia. Ya no recuerdo si volví a ver al señor. Tan sólo vi el vaso vacío, y al hombre del traje gris limpiándose sus lentes que parecían llorar lágrimas de oro. Es en estas ocasiones cuando un piensa que lo debía haber tragado la tierra. El abrigo debió quedar en su sitio tras el tsunami sobre la barra del bar, aunque por momentos pensé que se lo hubiese arrebatado una rabiosa ráfaga de viento. El sombrero, a pesar de habérsele tambaleado no llegó a colocarse encima del sifón por poco.
Allí quedó para la eternidad el sifón penando sobre los bajos del mostrador mondándose de risa. Si Bush y Aznar hubiesen llegado a conocer este misterioso artilugio del sifón tal vez hubiesen aprovechado sus efectos para la guerra. Y es que el sifón, en aquellos años de mi infancia de gaseosa y vermú Cinzano, fue capaz de salvar la patria. No me extraña por ello que en Zamora llamasen «Campeón» o «Campeona». Yo, de todas las maneras prefiero recordarlo junto al vermú donde flotaba la pobre aceituna empalada y aquellos berberechos de entonces sobre el platillo de porcelana.
Cuando vuelva al mi pueblo le volveré a pedir otro vermú al señor Graciano por si aún le queda alguno en el cielo o, al menos, que me guarde uno para después de la misa mayor. Larga vida al sifón en estos días de calor.
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