RUFO GAMAZO RICO
Érase un tertuliano muy porfiado en las disputas; cuando se creía seguro del argumento, retaba farruco al oponente: «Amigo, píncheme este caracol». Pinchar caracoles dentro de su duro escondrijo debe ser arte de más entretenimiento que sustancia. Pinchaúvas y pinchapeces son expresiones despectivas aplicadas al que «ni pincha ni corta». El progreso técnico aportó el pinchadiscos, que es un oficio de corto aprendizaje, y el pinchazo de las comunicaciones telefónicas que es una treta alevosa aunque en determinadas circunstancias sea legal. En realidad, el pinchazo telefónico es una forma de espionaje; por tanto su calificación moral obedece a las mismas pautas de utilidad, necesidad y legalidad exigibles a los discípulos de Fouchet. Una de las metáforas de Dios es el ojo que todo lo ve; tendría el mismo universal sentido el oído que todo lo oye. Monito de imitación, el hombre —mayormente como «animal político»— ambiciona y cree necesitar el conocimiento de todo; nada de lo humano debe serle ajeno. Es empeño principal político conocer qué piensa, qué dice y qué se propone el rival. En lenguaje popular se denomina «meter el cuezo» a la enfermiza curiosidad por lo ajeno, que en sí misma lleva el castigo: quien escucha su mal oye. Se dice que en política no se admite «meter el cuezo» en las interioridades del partido rival, con pinchazos telefónicos ilícitos y sucios. Inevitablemente viene a colación el caso de Nixon, el presidente que pagó muy cara su delictiva afición de «pinchateléfonos».
Se ha establecido un nuevo frente de batalla entre el Gobierno y la oposición. Denuncian los peperos que algunos de sus jefes vienen siendo víctimas de «espionaje telefónico» y su estado de indefensión ante la ilegal práctica. Acusación de semejante gravedad exige una urgente y terminante prueba. Así lo han entendido los líderes socialistas, ostensiblemente nerviosos, al colocar a los denunciantes ante un cerrado dilema: o pruebas fehacientes de los irregulares pinchazos o inmediato abandono de la vida política. Por su parte, el PP exige la dimisión de la vicepresidenta Fernández de la Vega, cuando regrese de «hacer las Américas». Palabrería solemne y huera. En todo caso, conviene esperar acontecimientos aclaratorios.
Esto de las escuchas telefónicas es un asunto que de vez en cuando salta al ruedo político. En el tiempo a caballo entre el franquismo y la transición, los casos de interceptación de comunicaciones telefónicas fueron tantos y tan escandalosos que llegó a creerse que ciertos organismos del Estado estaban dedicados por entero a escudriñar y registrar el pensamiento de todos los españoles. El musicólogo Enrique Franco, recientemente fallecido, me confesaba con su claro talento y despierto ingenio: Ni con este apellido he logrado prosperar; soy tan poco importante que no tengo pinchado el teléfono. De pinchados permanentes presumían los «valerosos y temidos» debeladores del sistema; y en el número de escoltas cifraban las esposas la categoría política de sus maridos. Como la hidra, resurge de tiempo en tiempo la práctica, real o presunta, del espionaje telefónico que presenta connotaciones muy distintas en una dictadura que se siente compelida a no parecerlo y una democracia que debe serlo «ex integra causa», c por b, que traduciría Ananías el tejero.