El pan de la vida

Los seres humanos dependemos necesariamente de algo exterior a nosotros mismos

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Jesús Gómez
Jesús Gómez 

JESÚS GÓMEZ A quienes alimentó con los panes y peces multiplicados Jesús les pone una oferta sobre la mesa: «Yo soy el pan de la vida, pan bajado del cielo. Quien venga a mí no pasará hambre y quien crea en mí nunca tendrá sed». A ellos les corresponde aceptarla o rechazarla. Pero de repente cambia el escenario. Los interlocutores de Jesús ya no son algunos de los que ayer habían comido panes multiplicados, sino los judíos, que, en el cuarto evangelio, son la clase dirigente hostil a Jesús. Y los judíos criticaban a Jesús; más exactamente rezongaban entre ellos a causa de Jesús, por haber dicho «Yo soy el pan, el que ha bajado del cielo», mostrando así su enfado y rencor.
«Basta de rezongar», replicó Jesús con tono autoritario, y añadió el siguiente comentario: «Nadie puede venir a mí», o, lo que es igual, nadie puede creer en mí, «si el Padre no lo atrae». Al instante vienen al recuerdo unas palabras del Segundo-Isaías: «Tus hijos serán adoctrinados por Dios». Se refería el profeta a los hijos de la nueva y esperada Jerusalén que, en contraposición a los hijos de la Jerusalén idólatra, serían adoctrinados por el mismo Dios. Jesús es el maestro que tiene la misión de adoctrinar a todos, no sólo al pueblo judío, porque él y sólo él ha bajado del cielo.
Los seres humanos dependemos necesariamente de algo exterior a nosotros mismos. Dependemos del pan que produce la tierra y nos ata a la creación; pero la tierra no puede librarnos de la muerte. Necesitamos un pan extramundano. Lo había dicho Moisés: «No sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios». Palabra, pues, que es pan al que tenemos acceso por la fe. Justamente lo que ofrece Jesús. Por eso puede decir: «Quien cree en mí, tiene vida eterna».
Su oferta está sobre la mesa del diálogo y no admite enmiendas: «Yo soy el pan de la vida». Cierto, los padres comieron el maná, pero murieron. No era un pan bajado del cielo. Un pan bajado del cielo debe ser tal que, quien lo coma, no muera. Jesús insiste y recomienda, una vez más, su oferta: Yo soy el pan, el viviente, el que ha bajado del cielo. Hacedme caso: que si uno come de él, vivirá para siempre. Ningún judío se hubiese atrevido a decir «Yo soy». Sólo Dios puede decir estas palabras y Jesús se está igualando a él, al pronunciarlas. Jesús es pan, pan que sale de la boca de Dios, pan extramundano, pan viviente en el que hay vida y da vida a los hombres, pan que comemos no masticándolo sino creyendo y creyendo tenemos asegurada la vida; pan ofrecido en sacrificio. Por eso, la siguiente aclaración: «El pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo». En lenguaje bíblico la carne equivale a la persona y que se ofrece en sacrificio lo dice la expresión ritual: «para la vida del mundo».

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