PEPITA CORDOVILLA
Soy educadora y como tal me preocupa el futuro de las personas, lo que pueden llegar a ser. Este verano entre mis lecturas estaba la nueva encíclica del Papa «Caritas in Veritate» y en ella encontré una luz. En este tiempo donde la técnica, el saber hacer, el conseguir las competencias, parece que prima sobre todo, el Papa nos alerta sobre la «tecnicidad como mentalidad» que reduce todo al puro hacer, y nos ofrece un camino de sabiduría: «El recibir precede al hacer». Abrir las personas a la gratuidad nos hará llegar a ser un mundo nuevo, ese mundo que queremos para nuestros hijos.
La gratuidad crea fraternidad, esta es la nueva sabiduría social de la que nos habla Benedicto XIV: el ser humano está hecho para el don. El amor es don. Don que no debe ser entendido como filantropía, sino como caridad, amor gratuito recibido y ofrecido.
Si esto es importante para las personas, no lo es menos para la sociedad. La actual situación de crisis nos obliga a re-hacer nuestro proyecto de camino, a poner nuevas reglas y encontrar nuevas formas de compromiso. La situación actual y la posibilidad de un futuro mejor exigen una nueva síntesis humanista, dice el Papa. La lógica del don como expresión de fraternidad puede y debe encontrar un puesto en la actividad económica. Para poder funcionar bien, la economía tiene necesidad de una ética que lleve a la valoración de la solidaridad, a recuperar la gratuidad reconociendo que la economía está destinada al bien común. Esto exige pensar otros estilos de vida que ayuden a preservar la vida y el medio ambiente.
En nuestra época el vacío ético no afecta solo a la economía o a la moral, es sobre todo un vacío antropológico porque afecta al propio hombre reduciéndolo a objeto, o lo que es peor, a producto. Desde esta situación la encíclica invita a una profunda reflexión a hombres de gobierno, emprendedores, educadores, a re-considerar al hombre como el bien más precioso e inestimable, por encima de toda las cosas y sobre todos los valores. Por eso el Papa habla de una ética amiga de la persona, de una relación que es más que solidaridad, que llega a ser fraternidad. La convivencia cívica no funda la fraternidad, ésta tiene su fundamento en el reconocimiento de la vida recibida de Dios y en la lógica del don como principio de gratuidad.