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PACO ANTÓN
Me confieso culpable de haber cometido delito de «cohecho impropio». Peor. Soy reincidente. Porque cada 28 de diciembre y con tarjeta, recibo en compañía de otros (no sé si esto agrava mi culpa por considerarse grupo organizado) un llavero y una agenda como obsequios navideños de una entrañable e importante cooperativa de ahorro de Zamora. Y nunca he devuelto estas dádivas: el almanaque o dietario se lo suelo regalar a un compañero que colecciona todo lo que sea gratis y el llavero acaba indefectiblemente en el cajón de los llaveros, porque ya digo que esto viene de años y los tengo de todas las cilindradas y modelos. En realidad podría ser acusado de un delito continuado, si me aplicasen con carácter retroactivo esa reforma que se anuncia del Código Penal para tipificar también la corrupción entre particulares. Y es que los inicios de mi carrera delictiva (siempre relacionada con el unto impropio) coinciden al minuto con mi entrada en el mercado laboral, hace algo más de tres decenios y mucho antes de ser empleado público, que no funcionario, aunque para el caso es igual.
Aunque ahora los hay mucho más precoces, con veintipocas primaveras yo ya prometía. Mi primer contrato laboral en este oficio —tras andar de «meritorio», o sea, de currela sin sueldo— fue de redactor en prácticas, lo que hoy sería un becario, en la Prensa del Estado (poco antes del Movimiento). Enseguida comencé a recibir bolígrafos de marca, pisapapeles y ceniceros repujados de una empresa eléctrica y de una caja de ahorros, si bien las dádivas de ésta me dio por rechazarlas sólo porque el recadero me caía gordo —que me sigue cayendo— y no por remordimientos de conciencia. Es el primer gesto de honradez que recuerdo de mi trayectoria criminal. Con el ascenso a interino llegó mi perdición. El puesto que desempeñaba pasó a llamarse de «ayudante literario», denominación caprichosa que la cadena estatal daba al clásico «auxiliar de redacción» de todos los demás periódicos. Y como tal, como ayudante literario, debí pasar a figurar en los directorios del gremio y agendas de comunicación de entonces. A partir de ese momento y hasta que subí en el escalafón, todas las semanas llegaban a mi mesa una carretada de libros de las más prestigiosas editoriales españolas, envíos que incluían desde las reediciones de los clásicos a los superventas de más actualidad. Nunca hice amago de sacar de su equívoco a los remitentes (¿ayudante literario igual a crítico?), nunca escribí un comentario periodístico sobre alguna de estas obras (tampoco sabía ni sé hacerlo, aunque leí la mayoría), no devolví jamás un solo libro… pero, eso sí, me monté una biblioteca apañadica que hoy disfrutan mis hijos.
Hasta hoy, con esto del «cohecho pasivo impropio» —no olvidemos que el diario era estatal— no me había sentido contrito o pesaroso por el episodio éste de los libros. Es más: recuerdo cómo me las prometía al imaginar el peso y la entidad que tendrían los regalos que podría recibir a medida que fuera ascendiendo en el periódico. Pues no. Ni como redactor ni de redactor jefe fui objeto de un conato de soborno, y eso que suponía que crecía mi capacidad de influencia. No recibí nunca ni un mal jamón con lazo. Sólo cuando fui director (poco más de un cuarto de hora) y tuve mando en plaza (poquito, eh), sentí las mieles del poder gracias al «detallito» que tuvo conmigo un conocido constructor que luego fue presunto en el «caso Zamora»: se presentó en mi despacho, comentó alguna noticia que no le había gustado y, cuando se despedía educadamente, se le cayó —o dejó caer— por la pernera del pantalón una pistola. Recogí del suelo el arma y con delicadeza —para no herir su sensibilidad— le devolví el original obsequio.
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