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HEMEROTECA » |
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JUAN JESÚS RODERO
En Paraguay, donde se había ido con una joven indígena para pasar lo que le restase de vida, ha muerto Julián Lago, famoso en la década pasada como presentador del polémico programa de Telecinco «La máquina de la verdad». Pese a su mal estado de los últimos tiempos —el periodismo es una profesión que se cobra caras facturas en salud—, que reconoció en sus postreras apariciones públicas como invitado de algunos programas de ese y otros canales, y sobre todo en su libro: «Un hombre solo», que calificó como casi unas memorias, nunca podría imaginarse Lago que iba a terminar así: tan lejos y atropellado por una moto que le ha tenido dos meses largos en coma hasta el fatal desenlace.
A Julián Lago, compañero y amigo del pasado, le conocí en aquella histórica redacción vallisoletana que encabezaban Delibes y Jiménez Lozano y en la que estaban otros nombres que luego gozarían de prestigio en el mundillo periodístico. Era a finales de la década de los sesenta y comienzos de la siguiente. Lago hacía una entrevista diaria de una columna, con una tenacidad y una fuerza de voluntad que nos admiraba a todos. Incluso y para no depender del fotógrafo o del dibujante hacía el mismo las caricaturas de los entrevistados. Llegaba al periódico a primera hora de la tarde y a veces cuando volvíamos para el turno de noche allí seguía él, trabajando en la entrevista, que antes de entregar al redactor jefe solía leer a unos y a otros, atendiendo opiniones y sugerencias. Claro que como confesaría tanto después en su libro las entrevistas que mejor le salían eran las que se inventaba, algunas. Genial Lago, siempre divertido, dinámico, sociable, expresivo, audaz y transgresor. A veces, cuando de madrugada poníamos punto final a la jornada, y nos íbamos a tomar una copa en su 600 azul una de sus ocurrencias preferidas era meterse a toda pastilla por direcciones prohibidas entre el susto de sus acompañantes.
Como tantos otros, también se fue, a Barcelona en su caso, aunque a principios de los 80 se afincaría en Madrid como director de «Tiempo» una revista política que fue muy influyente en la transición y en esa época se convirtió en todo un símbolo periodístico de la época. Amigo circunstancial de unos y otros, desde Felipe González hasta Mario Conde, entró con soltura en un mundo tan brillante como falso en el que se movía como pez en el agua. Aquel Lago era irreconocible con el de Valladolid. El chico con gafas y poco pelo, que por la mañana trabajaba en un banco y por la tarde hacía prácticas en un periódico local, lucía ahora una espléndida melena, tenía los ojos azules y no llevaba gafas. Cuando entró a trabajar en la televisión empezó a sonar, además, como protagonista de sonados romances. En Zamora estuvo en el club del periódico, a finales de la década pasada, y cenando con él, en el «París», ya le noté fatigado, escéptico, desencantado y desengañado de casi todo. Quería huir de la farándula del periodismo, que es lo que acabó haciendo y en su libro se propuso, además, desenmascarar falsos mitos de la política, de la literatura, de la banca, de la jet de oropel a la que había pertenecido. Pero Paraguay, donde llevaba poco tiempo, no le ha traído a la postre otro descanso que el descanso eterno.
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