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RUFO GAMAZO RICO
Se ha dicho que Madrid progresa cuando el Consistorio se impone al palacio, cuando es más Villa que Corte. La afirmación se hace en defensa de la gestión ordenada de las cosas sobre la política partidista de las ideas. Apuntaba un respetado cacique que gobernar a ras de tierra y luchar cuerpo a tierra podrían constituir fórmulas segura del éxito. Hace un montón de años, cierto afortunado título libresco, «España cambia de piel», informaba de una incipiente realidad que animaba a la esperanza. Hoy a pesar de tenaces negadores, resultan palpables los cambios físicos experimentados por el país; en cualquier circunstancia política es imposible parar definitivamente el progreso. Refiriendo el caso a Zamora, al espectador entrado en años le bastaría pasear sus calles para comprobar cómo la ciudad fue mudando de piel y cómo salió mejorada de la mayoría de las operaciones urbanísticas; tal vez, en algunos casos pudo hacerse mejor; pero conviene no olvidar que siempre se creerá lícito, parecerá aspirar a una vida más placentera pero necesariamente más cara. Por las trazas, ni uno de nuestros pueblos dejó de someterse a la estética del cambio de piel. «Hay que ver, comentaba con orgullo y desconsuelo un paisano, lo bien que han puesto las calles ahora que no queda personal que las transite. El asfalto y el cemento han cubierto las heridas del tiempo en la mortificada piel, han rellenado los baches, han desviado los regatos y han librado a calles y plazas de la injurias que dejaba el paso de vacas y ovejas. Hoy los pueblos lucen aseados y pulcros; limpieza crea limpieza. Saben los urbanistas que para rejuvenecer una plaza achacosa, hay que empezar construyendo un nuevo edificio: envidiosos o avergonzados, terminarán por modernizar los suyos.
Los pueblos se han hecho visitables en todo tiempo y ocasión, porque se encuentran en permanente estado de revista, tienen mucho que enseñar y lo muestran con ancha y cordial hospitalidad; ya no se observa al forastero por la puerta entreabierta; se le sale al paso para saludarlo como a un antiguo conocido, responder a su curiosidad y conversar abiertamente. Así las cosas, no ha sorprendido el éxito creciente del turismo rural que promete convertirse muy pronto en una de las ofertas con mayor atractivo; pero el turismo es una flor que requiere continuo cuidado, peroraba en frase un tanto manida, nuestro paisano Jesús Vasallo «grande del turismo». Ayer recorriendo la privilegiada zona de los Arribes, me acordaba de su entusiasmo por la función docente del turismo. Imaginaba cuánto disfrutaría con la interpretación permanente de los Arribes que se ofrece en el centro instalado con tanto acierto como magnificencia en el restaurado Convento de Franciscanos de Fermoselle. En más de una ocasión le oí decir a don José Meliá que para asegurarse el éxito de un complejo turístico lo mejor era instalarlo en el edificio reformado de un convento o construirlo en su solar. En efecto los frailes, como en su tiempo el arquitecto romano Marco Vitrubio, acertaban en la elección del lugar.
No es necesario devanarse los sesos para descubrir los muchos motivos que movieron a los pobrecitos de Asís a elegir Fermoselle como morada conventual; lástima es que los exclaustradores, que al parecer, no entendían de turismo, los expulsaran de su terrenal paraíso.
Los Arribes es tierra de miradores para admirar. Es cierto que aparecen señalados, pero mejor estarían si se los dotara de llamativas y seguras instalaciones para la cómoda contemplación de estas singulares maravillas de la Naturaleza. Bien lo entendió el cura de Pinilla de Fermoselle, que acudía por las tardes a rezar el breviario sentado en su silla de piedra y que dio nombre al interesante Mirador de la Peña del Cura. Su pétreo asiento recuerda el que, según la tradición ocupaba Felipe II para vigilar las obras de El Escorial, pero bien podemos suponer que era más profundo el goce del innominado cura cuando glorificaba a Dios mientras contemplaba a su frente la grandiosa falla y el hilo de luz de la pujante catarata. Viene al hilo el famoso caso jesuístico: «No se debe fumar cuando se reza, es lícito rezar mientras se fuma». El cura del Mirador rezaba mientras contemplaba la prodigiosa obra de Dios sobre el menguado río: El «Duero verde y maduro», bautizado por Juan Carlos Villacorta.
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